Pedagogía de los polis

Eran los primeros días en los que manejaba el coche más de dos cuadras. Como todos saben, la torpeza puede ser infinita cuando apenas se está domando a esa máquina de acero y aceite. Tenía todos los papeles en orden, pero había olvidado pegar la estampa donde viene el color y el número de placas. Creo que se llama engomado. Lo tenía muy bonito guardado en la guantera; ahí estaba almacenado ése color que determinará cuándo haremos filas en un verificentro, placebo de ecologismo, y cuándo, dentro de algunos años, tendremos que dejar descansar el coche durante un día a la semana y un sábado al mes. Por su puesto que ya son pocos los que llegan a ese momento.Se prefiere invertir en un coche nuevo, que sufir el lastre de un modelo caduco.
Manejé casi todo Reforma e hice una parada técnica en un 7 eleven de Polanco. Uno que está al costado de una glorieta de Campos Elíseos. Tenía que comprar cigarros para quitarme el susto del largo camino. Atrás de mí, se detuvo una patrulla y de ella salieron dos policías. Para las personas que viven en esta ciudad, la descripción sobra. Resulta que el engomado era necesario para que yo circulara por las calles de esta urbe. Cuando el policía me comentó esto, inmediatamente lo saqué de la guantera y le dije que la podía pegar en ese momento. Y luego, maldito desconocimiento de las leyes de tránsito, él aseguró que me tenía que llevar al corralón aunque pegara la dichosa estampa.
Siempre había temido el primero de esos encuentros, por los que todos los citadinos tenemos que pasar. Se ha creado toda una sabiduría en el imaginario colectivo de los capitalinos. Sabemos cómo funcionan los policías, aunque nunca nos haya detenido alguno. Sabemos cómo se ven, cómo hablan, cómo operan. Todo de oídas y resulta que cuando nos los topamos de frente es como tener un dejá vú.
“No, señorita. Pues, ¿cómo le vamos a hacer? Me la voy a tener que llevar al corralón”
-No mames, no mames, no mames…¿ahora qué hago?-
“No sé, joven…le juro que no sabía lo de la estampa. La puedo pegar ahorita”
“Uy no…la tenía que tener pegada desde hace mucho ¿Cómo le vamos a hacer?”
-¡Qué sutil pregunta! Como si hubiera más de una respuesta.-
Llegué a aceptar que me llevara al corralón, con todo el miedo que me daba ir hasta no sé qué parte de la ciudad acompañada sólo de dos policías. Porque han de saber todos que en esta ciudad le huimos a los uniformados. En una calle oscura, por la noche, cuando uno ve las luces de la torreta, siente miedo. Como si estuviera nadando en medio del Atlántico y de pronto se pudiera ver la aleta de un tiburón. Dan ganas de correr para esconderse. Seríamos capaces hasta de pedir auxilio a un desconocido con un arma apuntándonos a la cabeza con tal de ser salvados de los policías.
“Mire, señorita…el corralón está muy lejos ¿Por qué no me da para mi refresco y ya la dejamos ahí?”
– ¿Qué hago? Me han dicho que dejan ir a las mujeres cuando lloran… –
“¿Cómo cuánto es para su refresco? Creo que tengo como veinte pesos.”
– Lo que daría ahorita por ser actriz de telenovelas y que me saliera una méndiga lagrimita. –
“¿Veinte pesos? No, señorita. Eso no alcanza pa’nada”
– ¿Pues cuántos refrescos se va a atascar?-
“Pues es que no tengo dinero”
“Ya ve señorita…¿pues qué estudió que no tiene dinero?”
-Qué te importa-
“Letras, poli.”
– ¿Y esa sonrisa burlona, ¿qué?-
“No, pus con razón señorita. ¿ Por qué no estudió algo que sí sirva?…
– Ajá, ¿cómo tú, güey?
…Algo como, no sé, psss…administración o de esas carreras donde sí se gana.”
– Sólo me faltaba que este tipo me diera lecciones de educación-
“Mire señorita…tomando en cuenta su situación…la dejo ir con cincuenta”
-¿A qué se refiere con situación? Mínimo yo me pago mis propios refrescos-
Cuando uno rasca el cenicero del coche, los tapetes, las bolsitas de la bolsa donde se podría encontrar todo, una fácilmente puede conseguir treinta pesos extra.
“Aquí tiene, poli”
-Me caga que me tiemble la mano enfrente de este cabrón-
“ Y pues…pegue su estampa de una vez. Es más…pásemela y yo se la pego”
– ¡Qué amabilidad! –
Después de que pegara la dichosa estampa, no podía esperar para huir de ahí a toda velocidad. Ya ni los cigarros compré. Sólo alcancé a escuchar al policía gritar a lo lejos “¡…y considere lo de la estudiada…!”

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