Páginas y kilómetros: de cómo bajar el paso me hizo crecer como persona

Soy corredora, persona de letras y a veces intento ser escritora. Para ser todo eso, me había tardado en hacer mi post de “por qué amo correr”. Pregunta con la que que nos topamos, en esas u otras palabras, las personas que corremos, que escribimos, que nos dedicamos a la literatura o al arte: ¿Por qué haces algo que a MÍ me parece tan inútil?

Tan difícil es explicar por qué una decide dedicarse a las letras como poner en palabras por qué una decide correr. Ya Murakami (ese autor amado por tantos y odiado por otros) escribió sobre los paralelismos que hay entre el oficio de un novelista y el de un corredor, pero no sé si se pueda entender una actividad u otra sin siquiera intentar practicarla. No hay nada que yo pueda decir que describa la sensación de terminar tu primer 5k, 10k o 21k. Es como tratar de explicar la emoción de ponerle el punto final a una tesis a alguien que jamás ha escrito una. En cuanto a las carreras, a veces siento que bastaría con pararse en la meta de una carrera para comprender la emoción que provoca: ver los ojos de las personas que la cruzan, poner atención en las llamadas que hacen cuando recogen su medalla y escuchar cómo se quiebra la voz de felicidad al decir “ya terminé”. 

Intentaré explicar por qué amo correr contándoles mi mes de agosto del 2015, en el cual corrí 2 maratones en dos semanas. Al inicio del año no sabía que esto iba a pasar. Mi yo de hace unos meses jamás hubiera pensado que esto era posible. 

Ahora sí, ¿por qué corro? 

Amo correr porque puedes gritar con las piernas lo que no te sale con la garganta 
Para el maratón de Helsinki decidí llevarme una playera que sirviera para informar un poco sobre lo que pasa en México.

 En algún momento pensé comprarme una playera de la selección o simplemente escribir México para que la gente me ubicara, pero entre más se acercaba el tiempo, más me parecía un gesto vacío, un disfraz que sólo me iba a estereotipar sin aportar nada. Gran parte de mi investigación literaria se centra en comprender cómo funcionan las representaciones y decidí que quería que mi imagen en Helsinki tuviera un valor. Durante la carrera no escapé del estereotipo, ya que las personas me gritaban “Arriba, arriba” palabra que parece sacada de Speedy González o el clásico “Viva México”. Al final valió la pena ponerme una playera con carga política ya que varias personas se acercaron para preguntarme más acerca de lo que pasa en México, lo cuál me dio una enorme alegría.


Unas semanas antes de este maratón sufrí un asalto y sólo días antes nos despertamos con la noticia de los asesinatos en la Narvarte (además de las miles de terribles noticias diarias). Es fácil olvidar que hay algo bueno en un país que trata así a su gente, pero correr en Helsinki me ayudó a poner en perspectiva muchas cosas, como que solemos dar por hecho la calidez y el gran corazón de muchas personas en este ciudad.  Me explico, antes de correr el maratón cometí muchos errores, como caminar unos 35K en los dos días anteriores mientras “turisteaba”. Inicié la carrera con los pies deshechos y con las piernas llenas de dolor. La carrera comenzó a las 3 de la tarde y el sol veraniego, que se mueve lento en esas partes del mundo, me mató por 4 horas. Sus puntos de hidratación fueron pésimos. 

En cada kilómetro agradecía los ánimos de las pocas personas que salen, pero no podía dejar de pensar en mi primer maratón en la Ciudad de México: extrañé mi país con esa gente que saca mesas y charolas llenas de hielos, agua y dulces en Insurgentes, lo cual me lleva a mi siguiente punto.


Las carreras te muestran que existe bondad en el mundo

En una sociedad rota como la nuestra, hay días que he considerado que no existe gente capaz de hacer el bien. Me ha tocado ver las caras largas de las personas que odian que se organicen carreras en la ciudad; incluso las he visto aventar huevos (y hasta el coche) a los corredores. Me parece que es parte del círculo de violencia e intolerancia de nuestro país que se replica en estos eventos. Aún así, existen otras miles de personas que nos demuestran que las cosas pueden ser diferentes. 

En el maratón de la Ciudad de México somos 30,000 corredores, pero muchas personas más salen a las calles a regalarnos su voz, sus letreros, miel, agua, hielos, vaselina y todo lo que piensan que nos podría ayudar. Salen músicos, cocineros, salen las niñas con sus papás a aprender lo que es la generosidad. Salen niños con sus mamás a ver cómo se puede ser un mejor ser humano al reconocer la otredad, al empatizar con aquella persona que no conozco, pero que igual apoyo en su camino. 
Además están las porras de la gente querida. Ver a las personas que más quieres gritando tu nombre y dándote ánimos es una emoción indescriptible porque sabes que aunque no les guste correr, entienden lo que significa. Comparten el cansancio de tus piernas, tu sed. Te dan todo el cariño del mundo para que llegues a la meta y cuando por fin llegas, esas personas van contigo. 


Nunca he aprendido tanto de mí misma como en los fondos

Los días siguientes al maratón de Helsinki pusieron a prueba la fuerza de mi cuerpo. La deshidratación que sufrí en esos 42K no me dejó dormir y al día siguiente tomé un avión “en vivo” para San Petersburgo. Así, sin dormir y cansada, me lancé a conocer el Hermitage y otras calles de la ciudad. El cuerpo da para mucho más de lo que le damos crédito: es un hecho. 

El maratón de la Ciudad de México me tenía muy emocionada porque estaba decidida a no cometer los mismos errores que en Helsinki; además, correría  a una hora a la que estoy acostumbrada, con una buena hidratación y el mejor ambiente del mundo. Mi entrenadora me mandó la estrategia y decidí seguirla, aunque me sorprendió que del kilómetro 5 al 10 me pedía ir muy, muy rápido. En el kilómetro 20 sentía la presión por palabras que me habían dicho días antes,  por la estrategia de la carrera que debía seguir y sentía el peso de la hipercompetividad que es la cruz de muchos corredores. Era mi segundo maratón en 15 días y me estaba exigiendo a mí misma como si fuera el primero, basada exclusivamente en un juego de correr sólo por los aplausos y las miradas ajenas, correr por alguien exterior a mí.  

Existimos en una sociedad que todo lo vuelve una pugna, desde el trabajo hasta las labores artísticas. No hay momento ni pausa para crear ni disfrutar por el simple hecho de estar vivas. Correr también se ha vuelto objeto de consumo y aunque soy la primera en defender los beneficios de que se explote un estilo de vida sana (en un mundo en el que se explotan muchas cosas más), me queda claro que no es la razón por la que yo lo hago.

Así es que mientras iba con paso apretado en el Maratón de la Ciudad de México me topé con dos opciones: podría seguir con ese mismo ritmo, sacarle toda la fuerza a mis piernas sin pensar en las consecuencias y seguramente la meta estaría ahí mucho tiempo antes. En este primer escenario la que llegaría al estadio de CU sería otra, no yo. O bien podía detenerme, disfrutar de los que estaba viviendo: mi segundo maratón. Si elegía la primera opción, sería una mujer que valora más lo que piensan de ella, que lucha por cubrir más expectativas externas que propias. Sería una persona que jamás quiero ser. Así, totalmente consciente, tomé el segundo camino y bajé el paso. Y al correr más lento, al dejar del lado las presiones externas que nunca me han servido, comencé a disfrutar de los mejores kilómetros de mi vida y me aseguré de que la que cruzara la meta fuera yo, el ser humano que quiero ser.  


Correr fondos da lecciones de vida

Hoy, a menos de un día de correr mi segundo maratón en 15 días, me siento entera. No hay una sola lesión ni dolor en mi cuerpo y sé que tomé la decisión correcta. Puedo decir que la que termina ese reto es una persona distinta a la que lo comenzó. No sé si puedo decir que una mejor persona, pero definitivamente una persona más feliz, capaz de encontrar fuerza en sí misma y de no perderse en el camino. Espero lograr esto con todos los otros aspectos de mi vida, mientras tanto, me esperan páginas y kilómetros por recorrer. 

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