La ciudad que olvida

Cuando se anda se tejen los pasos. Lo mismo pasa cuando se escribe y se entrelazan las palabras que crean imágenes en nuestra mente. Las banquetas están llenas de memorias que se agrietan, se ensucian, se mojan y luego desaparecen entre el barullo urbano. 

Fui a conocer la tumba de Hernán Cortés hace unos días. Ahí, escondida en la iglesia de Jesús Nazareno, junto al hospital del mismo nombre, a la izquierda del altar, está el hombre que marco esta ciudad, este país. Lo odiamos, en serio que lo odiamos. Tanto que lo castigamos con el olvido de su restos, le ponemos sobre la cabeza un Apocalipsis inconcluso y luego lo ignoramos como se ignoran los malos sueños. 

José Clemente Orozco “Apocalipsis” Circa. 1944
Podemos caminar sobre la calzada más antigua de nuestro continente, repasando los pasos del conquistador y al mismo tiempo ignorar la memoria de los caminos, como ignorando los recuerdos de nuestro propio cuerpo. Nos quedan las palabras y el andar para seguir construyendo la ciudad. Nos quedan las letras que se acomodan en el asfalto tal como lo hicieron ese 1519, cuando el cuerpo inerte que ahora se encuentra a la izquierda del altar escribió la primera carta de la ciudad estridente sobre la cual andamos.

Nos queda la memoria.   

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