Praegnatio mentalis

(Escribí este cuento en enero del 2011)

Las náuseas matutinas lo cambiaron todo. El simple contacto con una paloma los había hecho experimentar la sensación más extraña de todas sus vidas. No se puede mentir, no todos eran vírgenes, pero todos pertenecían al sexo masculino, cosa que hacía de este suceso algo sobrenatural y maravilloso.
Hacía tiempo que esta reunión no duraba tanto ya que desde hace mucho no había una verdadera decisión que tomar, pero esta vez no estaban de acuerdo con nada y sus lealtades se encontraban del todo divididas: en ciento diecisiete fracciones, para ser exactos. Todo sucedió después de entontar el Veni Creator
Ya habían pasado quince días desde la muerte del gran jefe de estado, el magnánimo señor encargado de cuidar del espíritu del mundo entero. Por primera vez se preguntaron por qué el mundo seguía girando y la gente caminando con un alma feliz al haberse quedado todos sin su sumo pontífice.
Regresando al asunto. Después de entonar juntos aquella canción con la que llamaban  al espíritu santo, de una manera casi mágica, voló una paloma por encima de todos ellos, cagando de paso al Cardenal Mariano, quien tomó dicha acción como un buen detalle de su señor. El caso es que todos, los ciento diecisiete cardenales, se encontraban reunidos en la  Casa de Santa María, listos para escribir el nombre de su predilecto en aquellos papelitos. Llegó la hora del primer conteo: cada uno de los cardenales recibió un voto. Empate general. Humo negro para todos.  Como dictan las leyes, debían esperar hasta el día siguiente para realizar el próximo escrutinio.
Pasaron el resto del día en una pequeña reunión que no lograba ocultar la tensión existente entre todos, ya que cada uno sentía ser el merecedor del tan deseado título que  pondría al ganador a la cabeza de una de las naciones más ricas del mundo. Luego amaneció y ninguno pudo ocultar la sensación de iluminación divina, matizada con la luz dorada que entraba por el pequeño resquicio de la ventana como una señal. Cada uno sentía por dentro que el señor había depositado una semilla de fe única, canjeable por el poder terrenal más prodigioso.           
Siguiente escrutinio: empate general. Amanecer. Escrutinio. Empate. Amanecer. Escrutinio. Empate…
Llegó el trigésimo amanecer, todos estaban resignados a seguir con estas pequeñas vacaciones. La mayoría de los cardenales sentía ya una desesperación casi incontenible, ya que el cuerpo comenzaba a exigir la práctica de ciertos hábitos biológicos que ninguno se atrevía a confesar. Todavía faltaban algunas horas para la siguiente votación y todos mantenían una firme convicción en que su primera decisión era la correcta. Nadie merecía más el voto que cada uno de ellos mismos. Sin embargo, algo digno de recordarse para la posteridad sucedió aquel día.
Mariano manifestó a uno de sus rivales tener nauseas todas las mañanas y un misterioso vientre inflamado cada vez más redondo. Todo eso, afirmaba él, había sucedido a partir del momento en el que el espíritu santo lo tocó al entonar el Veni Creator y al ser cagado por la paloma divina. Estaba seguro de que dentro de su cuerpo tenía la prueba máxima: él debería ser el siguiente elegido.
Al contrario de lo que la mayoría podría pensar, no sintió vergüenza alguna al confesar esto al resto de sus compañeros, quienes inmediatamente tacharon tal hecho de imposible y la mera aseveración de indignante ¿Quién se iba a creer la tontería de que la cagada de un pájaro crearía vida divina dentro de un hombre? La respuesta es diez, que fue el total de votos que Mariano recibió para ser el siguiente Papa. Éstos, evidentemente, no eran suficientes para dar por concluido el Cónclave. Humo negro.
Otros tres días pasaron y Mariano recibía cada vez más votos. Al parecer la imagen de un hombre de avanzada edad tejiendo chambritas es algo que enternece a cualquiera y, al pasar de los días, ya no parecía tan descabellada la idea de que un espíritu depositara su fantasmal esperma dentro de un ser humano, después de todo, hay que creer en cualquier cosa para ser un hombre de fe. Sin embargo, justo cuando el futuro padre estaba por cantar victoria, un cardenal más se le unió en las visitas matutinas al baño. Pablo, uno de los más viejos, también afirmaba sentirse total y absolutamente embarazado por el espíritu santo. Muchos creyentes neomarianos (como no habían tardado en denominarse) se mostraron atónitos e indignados ante la posibilidad de pensar en el espíritu santo como un ente promiscuo. Otros tantos confiaron más en la edad de Pablo y se mostraron sumamente preocupados por el riesgo que implicaba dar a luz a su edad. Las peticiones por un médico no se hicieron esperar, pero hay reglas que no se pueden cambiar: sólo las palomas representantes de dios y los indispensables sirvientes pueden irrumpir en el sacrosanto lugar donde se lleva a cabo tan importante elección.
Los siguientes votos se encontraron muy reñidos, de pronto había una rivalidad seria y una posibilidad de acabar con este martirio. De los ciento diecisiete votos, treinta y tres fueron para Mariano, treinta y dos para Pablo y el resto para cuarenta y dos cardenales distintos. En este momento  surgió una cuestión esencial:  después de siglos de misoginia clerical, parecía imprudente por parte de estos dos cardenales adoptar el rol concedido sólo a ese sexo indigno de una comunicación directa con su dios. Parecía para todos evidente que para poder gestar un ser en su vientre, ambos hombres debían haber desarrollado un aparato sexual femenino, provocando así una pérdida de razonamiento necesario para la comunicación con dios. No debemos olvidar que la ciencia clerical parece haber probado una relación inversamente proporcional entre la cantidad de estrógeno dentro del cuerpo y de neuronas en el cerebro.
Por otro lado, parecía demasiado apresurado que el vientre de estos hombres estuviera creciendo tan rápido. Si en verdad habían sido embarazados por el espíritu santo, tan sólo llevarían un mes de proceso. Es bien sabido por todos que las primeras semanas no son notorias. La duda inundó sus mentes y consideraron la posibilidad de que estos hombres hubiesen estado embarazados, con pleno conocimiento, antes de comenzar el cónclave, lo cual convertía a los frutos de su vientre en meros bastardos.
Muchos incluso propusieron que tanto Mariano como Pablo fueran expulsados y se les excomulgara, era una idea que muchos consideraron de forma seria, pero que fue rápidamente desechada ante la luz de los hechos que sucedieron al embarazo de Pablo. Los cardenales comenzaron a tener los mareos matutinos uno tras otro. Sus vientres comenzaron a hincharse tanto que poco a poco los pantalones comenzaron a amontonarse por las esquinas, inservibles del todo. Humo negro seguía saliendo de la capilla mientras estos hombres de fe tejían chambritas a escondidas de todo el mundo.
Entonces llegó el momento en el que los escrutinios retomaron las estadísticas originales: un voto para cada uno. Una vez más, cada uno de estos individuos se sentía el ser más especial de la creación. Desecharon, por lo tanto, la idea de ser descalificados de la competencia sólo por tener una pequeña característica femenina. Juntos se sentaron por horas a decidir los nombres de sus hijos y vetaron, por completo, la posibilidad de llamar a alguno de ellos Jesús; eso sí que sería inapropiado.
Luego, sostuvieron largas conversaciones teológicas acerca del concepto de la trinidad, y como (evidentemente) éste tendría que cambiar. En ese recinto habían ciento diecisiete semillas de dios germinando en hornos poco convencionales. El principal problema era el arreglo en el que la divina familia se sienta de manera tradicional, el hijo a la derecha y el espíritu santo a la izquierda. ¿Que ícono podría construirse con otros ciento diecisiete varones que necesitaban distribuirse alrededor del padre?
Una nueva redacción del credo habría de ser hecha, labor a la que se volcaron de inmediato los más literatos que se sentían poetas. El problema era sintetizar algo fácil para que el pueblo lo recordara, tal vez lo más conveniente sería que los ciento diecisiete nuevos nombres rimaran el uno con el otro; o tal vez crear un villancico pegajoso para enseñarle a los creyentes desde niños, donde uno de los hijos tuviera la nariz roja.  
Pasaron los meses teniendo este tipo de discusiones, hasta que empezó a transcurrir el noveno mes y un problema principal les pareció evidente: ¿Cómo iban a dar a luz?  Seguramente cada uno de ellos necesitaría el apoyo de una partera que les guiara durante todo el largo y temido proceso, pero no podían permitir la entrada de más personas a la capilla hasta haber elegido al nuevo Papa y la naturaleza misma del cónclave les prohibía la salida de una manera absoluta. Ciertamente, los bebés no podían ser recibidos en este mundo por los pocos sirvientes que compartían el cautiverio con los cardenales. Después de muchas discusiones decidieron que un parto no podía ser algo tan difícil y que lo harían ellos mismos. Por otro lado, podría resultar una situación difícil si se presentaban partos simultáneos. Lo más lógico resultaba elegir al Papa de manera rápida e ir a refugiarse en la privacidad de un hospital; pero ninguno  parecía dispuesto a ceder y no podían cambiar las reglas lo suficiente como para permitir que ciento diecisiete cardenales asumieran el poder del Vaticano. Por lo tanto, llegaron a un acuerdo propuesto por Mariano. Era evidente que todos habían sido fecundados al mismo tiempo, el momento en el que la paloma sobrevoló el techo. Que algunos mostraran los síntomas más rápidamente era normal, así funcionaban los embarazos ¿Acaso no existían los casos de mujeres que lo notaban ya cuando tenían cinco meses con un bebé en sus adentros? Todos prometieron que su voto absoluto iría para el primero en dar a luz.  
Conforme pasaron los días, los cardenales comenzaron a hacer todo tipo de cosas raras, como correr alrededor de la sala por varios minutos o comer mucho picante. Era claro que esta era una competencia y sólo el mejor ganaría, así que no dudaron en probar todos los trucos que conocían de oídas para dar a luz de una manera más rápida.
Mientras tanto, el humo negro seguía saliendo de la capilla.
Los nueve meses se cumplieron y nada. Ciento diecisiete hombres redondos se encontraban ansiosos, esperando sentir algún dolor en el estómago o que algún tipo de agua saliera de su cuerpo. Todos se observaban de una manera sospechosa, como impidiendo que alguno de ellos hiciera alguna trampa siniestra.
Fue entonces cuando Antoine, el más joven de todos, se dobló del dolor. No podía parar de gritar y el sudor escurría por su frente como si se estuviera exprimiendo. Todos los cardenales hicieron espacio para que  pudiera respirar y entre dos de ellos lo recostaron cómodamente en un sillón, ordenándole que abriera las piernas. Ninguno de los hombres presentes ahí había considerado el problema con el que se toparían los dos pobres cardenales que actuaban de parteros ¿Por dónde saldría el bebé? No quisieron expresar este pensamiento en voz alta, porque estaban seguros que si Antoine consideraba por un momento el tamaño de “sus salidas” se iba a morir del susto. Entonces decidieron seguir con la actuación. Le pidieron a Antoine que pujara cada vez que sintiera una contracción y que respirara profundamente, incluso aseguraron estar viendo ya la cabeza del niño, cosa que lleno de lágrimas los ojos del cardenal. El miedo comenzó a reflejarse en todos los hombres que estaban contemplando el espectáculo alrededor. De golpe, se dieron cuenta de que más temprano que tarde estarían todos en el lugar del pobre Antoine, con un hijo atravesado y sin una anatomía correcta para su expulsión. Se retorcieron de dolor sólo de imaginar por donde tendrían que salir estos bebés, y por un momento consideraron que el derecho a decidir sí podría ser un acto piadoso de dios. 
La mitad de ellos se hincaron  ahogados en llanto a rogarle a su señor que desaparecieran esos hijos de su interior. La otra mitad parecía tener un ataque de pánico que los hacía gritar con un tono tan agudo que difícilmente sería alcanzado por una mujer, mientras Antoine seguía pujando y sus dos parteros trataban de guardar la compostura.
 Fue entonces cuando llegó la luz.
Del ombligo de Antoine comenzó a salir agua, mucha agua. Su estómago comenzó a desinflarse, dejando como estrago una flácida piel llena de estrías. Sus dos parteros se quedaron perplejos, dándose cuenta de todo. En efecto dominó y como por arte de magia los más de cien ombligos reunidos comenzaron a expulsar cientos de litros de agua. Los cardenales se desinflaron por completo, dejando el piso del recinto total y absolutamente inundado.
Después del gran chubasco, se hizo un silencio glaciar. Ninguno de ellos sabía qué hacer o qué pensar realmente. Antes de que acabara el día debían hacer la siguiente votación. Por una no tan extraña coincidencia y como por reconocimiento al gran valor mostrado al enfrentarse a lo que ningún ser humano debería ser sometido, Antoine recibió la gran mayoría de los votos. Humo blanco.
Antes de salir ante el mundo a presentar al nuevo Papa, todos los cardenales acordaron guardar en máximo secreto lo sucedido durante los últimos nueve meses. Estaban tremendamente avergonzados, pero con una extraña felicidad. Ninguno de ellos podía dejar de pensar  “Gracias a dios que no existen los milagros”.




*Todos los textos de este blog están registrados ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor. 

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