Carne viva

La piel mira al mundo. Somos observadas, muchas veces juzgadas, por el color de nuestra carne, su estado– si está arrugada, somos viejas o si se encuentra manchada, somos sucias o desnutridas– e incluso qué tanto decidimos mostrar al mundo de nuestro propio cuerpo. La piel nos cubre el rostro y enmarca nuestros ojos. Nos hace sentir y nos permite ser sentidas. La piel somos nosotras expuestas ante todo.

Esto pensé mientras me hacían un tatuaje en la espalda, el más simbólico para mí hasta el momento. Icarus, una artista muy talentosa, me habló de todo lo que significa el tatuaje para ella mientras dibujaba sobre mí. Me dijo que estas marcas posicionan un dolor que de otra forma es imposible localizar, cosa que resonó de forma particular conmigo porque en mis sesiones de terapia uno de los ejercicios ha sido tratar de darle forma, cuerpo, un rostro reconocible a la depresión.

Mi tatuaje comienza en la mitad de la espalda y recorre la columna. Es la hiedra perenne, persistente rodeada de flores Cosmos, que se abren cuando el sol se encuentra en la máxima potencia del año. Tiene un final en el norte, como el río Nilo, que es un sol.  El tallo comienza donde aún se pueden ver los círculos blancos de las epidurales, siete en total. El tallo de mi enredadera toca las huellas del momento en el que me encontré en posición fetal, agarrando la bata de mi ginecóloga con tanta fuerza que la rompí y sintiendo esos siete intentos de la aguja que luchó por entrar en mi columna. Entre el tatuaje y las cicatrices se pausó el tiempo.

No es la memoria que me hubiera gustado tener de mi parto. Adán y yo fuimos a un curso prenatal de donde salía pensando que el parto “perfecto” era posible. “Tu cuerpo está hecho para esto”, decían. “Es un dolor que no lastima, el bebé sabe lo que está haciendo, sólo te tienes que relajar”. En mi mente, la llegada de Elián al mundo sería en una tina, con un cansancio normal por el parto, y casi podía imaginar delfines salir del agua, algo hermoso.

Resulta que mi cuerpo no estaba hecho para eso. La doula que me acompañó no pudo ocultar la cara de desconcierto cuando vio en la máquina contracciones de transición, pero mi dilatación seguía en cero. La contracciones se golpeaban entre sí, llené de vómito a la doula y la epidural no hizo gran efecto. Al final, después de varias horas, decidimos que la cesárea era inevitable. Recuerdo esos últimos momentos de dolor con mi cuerpo lleno de sudor, llanto, y todos los líquidos que pueden salir de una persona.

Sobra decir que mi parto no fue para nada como lo había imaginado. Después me di cuenta que absolutamente nada de la maternidad es como una se figura. Recuerdo el dolor de la herida en mi vientre, el miedo a caminar, no poder ni siquiera vestirme sola y así, totalmente rota, sentir la angustia de hacerme cargo de un ser humano tan pequeño, tan frágil. Y es que una se cree todas las cosas que nos han enseñado, pero cada presunción rota es un golpe nuevo: verás a tu bebé y te enamorarás, la lactancia es intuitiva y deja de doler,  tener un bebé es lo más cansado del mundo pero no deja de ser lo más feliz, sólo deberías darle pecho, la fórmula es mala, la fórmula lo volverá diabético, debes ser feliz porque ahora eres madre, debes ser fuerte porque las mujeres han hecho esto desde el inicio de los tiempos, debes ser feliz, debes ser feliz, debes ser feliz.

Por supuesto que amo a Elián. Siempre lo he amado. Es un bebé sumamente deseado, pero eso sólo empeoró la culpa de la depresión posparto. Nadie habla de esas noches en soledad, ni de las ganas de desaparecer. En mi caso, decidí buscar ayuda gracias a Adán, quien me vio llorar todo el día y– a pesar de no saber que el historial de búsquedas de mi computadora albergaba cosas como “formas de morir más rápidas”, “el suicidio puede estar bien”, “cuánto cuesta ir a Suiza a buscar una muerte asistida”– notó que algo estaba tremendamente mal. Esos días, mi mente fue una sombra que vivió aparte y que me susurró al oído que era perfectamente racional revisar mis ahorros e intentar calcular si podía, efectivamente, ir a Suiza a morir en paz. Esa sombra me decía que al final Adán y Elián entendieran que no era que no los amara, sino que el dolor ya era demasiado, que yo ya no era parte de este mundo.

Fui afortunada porque tengo a mi alrededor personas que me salvaron la vida. Si estoy aquí, es gracias a ellas, que me motivaron a buscar ayuda, que no me juzgaron y comprendieron que la depresión es asunto serio y no un mero capricho. Elián, claro, también me rescató y en más de un sentido. Con su llegada, nació en mí una empatía que antes no conocía y me hizo ver con claridad un montón de cosas, por lo que mi bebé, de apenas un año, es el maestro más importante que he tenido. Todas ellas son las flores Cosmos del jardín que he dibujado en mi espalda.

Parece mentira que en pleno siglo XXI sigamos explicando que la mente también se enferma y que no basta con desearlo para mejorar. Es una labor titánica luchar contra algo que está dentro de nosotras y que se refuerza con las personas que nos rodean, aunque sus intenciones no sean malas. Descubrí que la gente le huye a la depresión como a la peste, que no entiende que no se sacude con ejercicio y una dieta balanceada, que piensa que mandarte un whatsapp con “que te mejores pronto” es más que suficiente para sacarte del hoyo. Aquí lo diré sin miedo, sin pena: le debo la vida–además de mi círculo de apoyo– a los medicamentos que sigo tomando y a sesiones agotadoras de terapia.

Esto que les cuento vive ahora en mi piel. Las hiedras perennes que llevo en la espalda son la lucha constante contra la sombra que me persigue. Hoy lamento haber tardado tanto en buscar ayuda, porque lo cierto es que, si bien la depresión se volvió un monstruo del tamaño de Goliat con la maternidad, en realidad me había habitado por años.

He pensado en la infancia como nunca antes con la llegada de Elián. Ahora sé que la mía fue solitaria y abrumadora, y ya no me da pena admitirlo. Hay un recuerdo, en particular, que viene a mi mente desde hace un año: no sé cómo sucedió ni cuántos años tenía –sólo sé que aún era pequeña y jugaba a disfrazarme con los collares de mi mamá. Me enteré de que la reencarnación existía y  jugué a mirarme al espejo para imaginar que quizá mi siguiente vida sería mejor. Hoy sé que esa fue la primera vez que fantasee mi propia muerte como un momento feliz, como algo bueno. Era solamente una niña. Es claro que desde ese momento necesitaba ayuda.

La depresión ha palpitado en mí desde entonces. Cuesta trabajo entender cómo es que se puede ignorar semejante sombra que pesa sobre una, pero nos han enseñado que sentirse así  es vergonzoso. De niña, me educaron para saber que llorar y compartir nuestros pensamientos con otras personas era algo malo–una idea que no he logrado sacudir del todo. La hiedra que llevo detrás, entonces, no sólo soy yo, sino que además es la depresión que tal vez siempre me acompañará, pero que cada día logro lanzar al margen. Decido, cada día, que la depresión no se volverá una  planta salvaje en mi jardín.

Casi llegando a mi cuello, como asomándose a mis pensamientos, está el sol. Elián. Su nombre y todo su contenido están ahí conmigo. Recuerdo el día que murió mi papá y cómo miré un cuadro que teníamos en la sala. Era un bordado que representaba unos campesinos caminando en un pueblo solitario. “Quiero estar ahí” pensaba –así como quería estar del otro lado del espejo y despertar en otra vida. Marguerite Duras habla en El amante sobre la muerte de su hermano y dice– palabras más, palabras menos– que la inmortalidad murió junto con él. Así me sentí aquel día. Pero el sol, ese sol que salió de mí y que he decidido dibujar en mi piel es todo lo contrario. Con él, la inmortalidad reencarnó. Elián, el sol. Yo, la hiedra. El sol hizo que esa hiedra constante, que también es todos los monstruos que nos acompañarán durante la vida, fuera tocada por la luz, por todo lo que puede ser y todo lo que vendrá. Ese sol es lucha, fuerza y transformación ineludible de la existencia.

Escribo esto después de darle vueltas más de un año porque ni siquiera las palabras podían salir de la oscuridad. Hoy sé que la infancia y la maternidad pueden ser los momentos más solitarios en una vida y me parece importante compartir mi historia.  Ahora llevo todas estas verdades en la piel como un recordatorio y una figuración de mi propio ser.

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