1787

No recuerdo el momento exacto en el que me reconocí a mí misma dentro de la pandemia. Recuerdo, claro, que empezó el año. De pronto, me es imposible trazar una línea recta en la memoria y me es imposible recapitular con detalle algún momento previo al confinamiento. ¿Fue aquéllo este año? o ¿fue lo otro hace apenas unos meses? El tiempo se expande y contrae. Se convierte en otro estado de la materia.

El tiempo, qué concepto. Los relojes son, por excelencia, un memento mori, un recuerdo de que nuestra estancia en este mundo tiene las horas contadas. Los relojes y los espejos no son amigos. No nos gusta enfrentarlos, porque si se encaran, no veremos el infinito que nace del encuentro de dos reflejos, sino nuestro propio fin: otro tipo de laberinto.

Tampoco puedo señalar con exactitud cuando comencé a sentirme totalmente perdida en este laberinto, aunque sé que el tiempo anterior a todo lo que se le pueda llamar presente se percibe en la memoria como la primera subida de una montaña rusa, con su traca, traca, y el cielo viendo a la cara. Y tal como a Mersault, tejido por Camus con tanto cuidado, el sol me deslumbra y me impide ver qué hay al final de la cuesta. Este presente, que no sé cuándo comenzó, es la cima de la montaña rusa: el instante cuando el corazón se pausa y nos preparamos para la caída libre y enfrentamos, por muy remota que sea, la posibilidad de nuestro final. Es otro memento mori .

Existe un retrato de María Antonieta con sus hijas e hijo. En éste, hay un moisés vacío que, de primer vistazo, parece ser del bebé que la reina sostiene en sus rodillas. Lo cierto es que la más joven de sus hijas murió en el proceso en el que se estaba terminando la pintura y fue borrada de su lecho. Cuando escuché esta historia, una punzada de dolor subió por mi pecho: memento mori inmortalizado en el silencio de esa cuna. Y ése –pensé–  es sólo uno de los tantos instantes de desconsuelo que han existido, de entre los millones que han poblado y poblarán nuestra humanidad. Y hoy, parece que todos esos momentos se desdibujan entre sí porque una pena se sobrepone a la otra hasta que dejamos de percibirlas. Hoy, habitamos un mundo de ausencias. 

Me parece que no existe una persona que no haya tenido una “pintura” en proceso cuando comenzó este año: una imagen de lo que serían los meses venideros que quedó anulada en un momento incierto y quizá, estamos todas perdidas dando de tumbos contra las paredes del laberinto –buscando eso que nos quitaron– sin darnos cuenta de que hace mucho perdimos el hilo de Ariadna. 

Esta es la parte del texto donde podría escribir algo como “pero nos tenemos unas a otras”, “hay un futuro donde está la luz”, “la solidaridad no tiene mejor nutriente que las tragedias”, “hemos aprendido tanto de la crisis”, pero no me atrevo a teclear esas imágenes con el sol todavía cegándome. No sé qué hay en el descenso de este laberinto y me es imposible imaginar un futuro en el que el tiempo funcione con una velocidad cotidiana. Tampoco creo que el reloj retome su ritmo cuando todo esto pase: ni siquiera sé si es lo que debería desear. Tal vez eso que se rompió dentro de nuestra noción de normalidad sea un memento vivere y deberíamos aferrarnos a él con todas nuestras fuerzas. 

Mientras tanto, en este paréntesis perpetuo, sólo puedo imaginar una pintura: en el fondo de ella se dibuja un reloj con las manecillas inservibles. Hay, además, personas paradas frente al espejo, pasmadas, como observando una cuna vacía cuyo significado no terminan de comprender. En otra esquina del cuadro, unas tantas gritan que encontraron de nuevo el ovillo que nos guiará a la salida y otras vociferan que ya mataron al Minotauro. 

Y entre tanto bullicio, me veo ahí, esbozada en el fondo, intentando recordar cualquier ayer. 

 

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