El fin de la metáfora

Las fisuras en la realidad empezaron a finales de febrero. Los lugares conocidos y la rutina se craquelaron de un día a otro y sus fragmentos flotan en el aire cual vapor que se difumina con cada parpadeo. El mundo terminó y decidí escribir para que algo nazca de las heridas.

Esta última oración invadió mi mente hace un par de semanas que tuve que ir al SAT. El mundo terminó, pero hay que seguir pagando impuestos. Regresé a casa caminando: eché a andar sobre Reforma, una avenida que he recorrido en auto y con el propio pie centenares de veces. La calle era la misma, los edificios siguen de pie, tal como estaban a principios de este año, la gente continúa andando sobre sus banquetas, pero la fractura en la realidad se palpa entre rostros cubiertos de tela y plásticos, entre puestos ambulantes con playeras que dicen “Pinche Covid”, en cómo corremos con pánico al otro lado de la banqueta si alguien se acerca demasiado.

Di vuelta sobre Insurgentes y mientras rodeaba la glorieta, pensé en todas esas veces en que el mundo había llegado a su fin. El mundo se acabó hace unos años en Aleppo, y en Líbano. Se acabó en Acteal, Atenco, Ayotzinapa y Tlatelolco. En la guardería ABC, Pasta de Conchos y Ciudad Universitaria. El mundo terminó de manera fulminante cuando, hace siglos, los de allá llegaron a masacrar a los de acá; cuando los de allá que nacieron acá prometieron con la independencia una mejor vida pero nunca cumplieron –sólo quedaron inmortalizados en la glorieta sobre la que yo caminaba; y cuando los de acá que todavía se sentían de allá volvieron a asesinar prometiendo que la gente del color de la tierra de acá por fin recibiría lo que es suyo, lo que se les quitó hace siglos. Siguieron sin cumplir. Acabó cuando un señor decidió que para rematar la venta de lo que quedaba de país necesitaba una guerra y quienes fuimos testigos, no hicimos más que mirar con terror, esperando no ser el siguiente daño colateral.

El fin del mundo ahora lo estamos viviendo a diario con un matiz distinto, aunque en México lo hemos visto por décadas a través de los noticieros filtrados. Hoy, se acaba para todas las familias que se quedan huecas, huérfanas, viudas, mancas de por vida.

El mundo también se acaba desde adentro.

A mí se me acabó el mundo en febrero en una agonía lenta, aunque no era la primera vez que sucedía: ésa fue de niña, cuando me di cuenta de que yo no cabía dentro del mundo porque para existir en este planeta, una persona debía ser bella y yo, desde muy pequeña, supe que no lo era. Tengo algunos recuerdos de cuando estaba en preescolar y la mayoría son de mí misma tratando de comprender esa categoría abstracta y a la vez tan palpable que es la belleza. Aprendí que había personas que la poseían y otras que no. Recuerdo el dolor de asumir mi propia fealdad y pensar que algún día me lo podría sacudir. Tres décadas después –con mucha más información y sabiendo que no debemos defender nuestro derecho a existir, que la belleza es subjetiva y curada por el ojo blanco y occidental– sigo sin sanar, sin poder reconciliarme conmigo misma. Creo que en la infancia el mundo se acaba continuamente.

Mi mundo se cayó después varias veces, como cuando murió mi papá, y generalmente, vino acompañado de episodios depresivos que no pude nombrar porque no sabía cómo. Sólo hasta hace pocos años comprendí lo que me pasaba y comencé a luchar contra ello. Pero a veces el mundo se acaba y es difícil dar la batalla.

El mundo se me acabó de nuevo en febrero, como si me quitaran el piso. Aprendí que una pandemia afecta al mundo, pero no deja de ser personal. Más o menos en abril, mi depresión volvió a niveles en los que no estaba desde que, en el postparto, me parecía normal hacer cuentas para irme a morir a Suiza. Los pensamientos intrusivos y la irracionalidad se volvieron a apoderar de mí, aunque ahora tenía más herramientas para salir adelante.

Justo cuando salía a flote, algo me tumbaba de nuevo. Traté de alejarme de redes, pero una no puede evitar toparse con las personas que resumen el peor estado de las cosas. Me tumbaban de nuevo a base de datos interpretados desde una subjetividad aterradora y me costaba semanas volverme a levantar. Todavía hoy siento cómo, si no hago un esfuerzo sobrehumano por mantener la calma, se acelera mi corazón y mis manos tiemblan, alertando que mi mundo va de nuevo en picada.

No todas las personas hemos vivido la misma pandemia. Yo no he visto mi mundo colapsar porque alguien muera de covid y cuando lo digo, siento que estoy retando a la fortuna: otro pensamiento irracional que me hunde si no tengo cuidado. Con esto, no quiero decir que no me duelan las muertes ajenas. Esos mundos que terminan laceran y marcan la existencia de quienes sobrevivimos.

Hace años, mi ansiedad alcanzó niveles insospechados y comencé a tener agorafobia. Fue la época cuando en oleadas comenzamos a dimensionar al fin del mundo que Calderón había aventado encima nuestro. Tomó muchas sesiones de terapia y sigue requiriendo un trabajo constante poder salir de noche (cuando el mundo aún existía allá afuera), viajar en carretera, no sentir que muero cuando, en el tránsito, pasa una moto junto a mi ventanilla. Prefería estar en casa donde me sentía segura. Ahora me pregunto qué pasa con mi ansiedad y mi agorafobia cuando hay datos pandémicos que la respaldan. También estaba justificada hace unos años, pero me hice la promesa de no dejarme dominar por el miedo. ¿Y ahora? ¿Cómo mantengo mi propia promesa?

No todas las personas hemos vivido la misma pandemia y es algo que me ha costado trabajo aceptar. He tenido momentos en los que le reclamo a mi mamá que salga al súper, o que pienso que mi hermana está siendo muy laxa con sus medidas de seguridad. Luego me recuerdo a mí misma que yo no estoy viviendo su pandemia. Yo no estoy, por ejemplo, sola en una casa todo el día ni tengo una hija adolescente con la hormona al tope y la salud mental frágil. Entonces me pregunto ¿cuántas violencias hemos justificado en nombre del cariño? ¿A cuántas personas queremos librar de agencia y meterlas a fuerza a vivir nuestra pandemia? Vimos atisbos de esto en la lejanía, cuando aún no se cerraba todo y la gente pedía a gritos al ejército en la calle, sin importarles que otras personas murieran de hambre dentro de cuatro paredes. De hecho, llevamos todo este siglo justificando la violencia en México desatada en “nombre de la seguridad”. Nos repetimos que es por amor al país: no lo es. Ahora le cambiamos el nombre al enemigo y podemos verlo en el léxico bélico que se usa para hablar del virus. De pronto, toda violencia queda justificada.


Para que mi mundo no se acabe, me niego a aceptar esto.

Dentro de nuestros pequeños fines del mundo he notado algunas constantes. La que más llama mi atención es que tenemos la necesidad de escondernos. Me llegan fotos de una “nueva normalidad” en mensajes privados de personas que temen colgarlas en las redes. Yo misma las mando sólo en mensajes personales. Tenemos miedo al escarnio. Entonces pienso que tal vez el mundo no se acabó: quizá estamos todas escondidas.

Mi mundo se acabó en febrero, en abril y en mayo. Después, pude retomar un poco el control de mi mente, pero la amenaza de hundirme por completo sigue ahí y me pregunto cuándo se irá. ¿Cuándo se acaba el miedo? ¿Con la vacuna? ¿Una vez que todo mundo se haya enfermado, si es que hay inmunidad? ¿Nunca? Son las mismas preguntas que me hacía hace unos años, cuando pensaba que no quería volver a salir de mi casa. Me imaginaba que iría tranquilamente de paseo por las carreteras del país cuando Calderón no fuera presidente. No tuve muchas esperanzas con Peña y ahora, tampoco lo veo claro: sigo esperando por esa tranquilidad que nunca llegará. Sé que como una mujer de 35 años en México, el miedo a la violencia y no al virus es lo que me debería mantener en casa, pero me prometí que ellos no ganarían. ¿Cómo cumplo mis promesas?

¿Cómo cumplimos nuestras promesas las feministas que maternamos en pandemia? ¿Cómo justificamos nuestra renuncia a la vida laboral para dar predilección a la crianza porque no hay escuelas? ¿Cómo retomamos el espacio público si ya no sólo está tomado por la violencia patriarcal sino que ahora se suma la amenaza de un virus? ¿Cómo conciliamos con todo lo que hemos tenido que ceder en esta pandemia?

El mundo se está acabando y las series del espacio nuevamente inundan la televisión. Adán y yo hemos visto varias durante la duración de la pandemia. En la ficción, el fin del mundo tiene una solución: otro planeta. La Tierra es sólo otro artículo desechable, como nuestro teléfono, nuestros platos y nuestra ropa. Al principio de la pandemia, compartí por facebook un meme que decía algo como “Ojalá el calentamiento global contratara a la misma agencia de relaciones públicas que el covid”. Lo sigo pensando. La crisis ecológica ya ha cobrado vidas, ya hay una cantidad enorme de personas desplazadas. Hay un número de años contado para la vida tal como la conocemos en la Tierra. Sólo hay un gran problema: las personas que serán más afectadas aún no tienen una voz o, al menos, una que nos interese realmente escuchar. Me pregunto si las generaciones más adultas confían ciegamente en la ficción y piensan que encontraremos otro planeta o simplemente no les importa. Quizá sean ambas. Me pregunto si entienden que el miedo que tienen al virus es el que Elián, a sus tres años, va a sufrir en cuanto comprenda lo que está pasando en su planeta.

Mi mundo se ha terminado muchas veces, pero hoy me concentro en que no sea así para Elían. Diario intento romper ciclos del pasado y mantener su realidad sin fracturas el mayor tiempo que sea posible. También creo que para él, el fin del mundo dejará de ser una metáfora y se convertirá en algo palpable. Lo sentirá con la sed, con el calor, quizá mientras huye de lo que sea su hogar para encontrar una zona más habitable. Su fin del mundo quemará más que el nuestro.

Las fisuras en la realidad nos están tragando y llevamos décadas tratando de ignorarlas. Aquí, allá, acullá. Cada quien vive su propia pandemia y sus propios fines del mundo. En este texto intento resumir algunos de los míos, aunque sean una colección de pensamientos desordenados, fracturados por punzadas de dolor que van y vienen.

El fin del mundo flota encima de mí todo el tiempo y a veces las palabras ayudan a mantenerlo lejano, con suerte, casi imperceptible.

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