El acento neutro

Existe un momento en la vida de una persona en el que se da cuenta de que su forma de hablar suena “diferente”, “extranjera”, “chistosa”, “cantadita” para hablantes de otra región. El instante suele pasar desapercibido y no dudo que existan personas en plena edad adulta que nunca han reflexionado al respecto, porque solemos pensar que el nuestro es un “acento neutro”, uno que no tiene una cadencia reconocible, que nos señala o que revela verdades sobre nuestro origen.

Hace poco leí la novela Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie. La protagonista, Ifemelu, es una mujer nigeriana que emigra a Estados Unidos e, inicialmente, se esfuerza por asimilar su habla al del país al que ha llegado: incluso le comentan que no tiene “acento” extranjero. En algún momento, ella decide conservar su acento nigeriano e incluso marcarlo: es una bandera identitaria usada como método de supervivencia y símbolo de resistencia.

En preparatoria, tuve una amiga muy querida que hacía más o menos lo mismo. Era la chilanga más chilanga que podría existir, con su “chale”, “no mames, güey”, “qué pedo”, pero si ibas de visita a su casa, inmediatamente cambiaba su habla y con su mamá y papá se escuchaba totalmente argentina. Incluso estando en el mismo lugar podía platicar con una persona mexicana y hablar en “chilango” y voltear a ver a su mamá o papá y cambiar por completo su acento. Era una habilidad impresionante.

La lengua es poderosa y esto de neutralizar nuestras palabras va más allá del acento con el que nos expresamos: se extiende a las ideas que decidimos externar. Llega un momento –si somos personas afortunadas, en la infancia temprana–, en que notamos que no todo mundo piensa igual, que existen quienes no creen en lo mismo que nosotrxs, no les gustan los mismos programas de televisión, los mismos colores, sabores ni sonidos. Nos encontramos con la otredad y digerir lo que esto significa es más complicado entre más años tenemos. Los “acentos ideológicos” nos causan miedo y frustración.

Siempre pensamos que tenemos la razón y sobre esto han escrito e investigado personas mucho más versadas en el asunto que yo (sólo hay que googlear “sesgo de confirmación). El algoritmo de las redes sociales tiene esto perfectamente calculado y nos muestra principalmente las noticias y opiniones que confirman esta premisa, porque al final, nos quiere hacer sentir bien para que pasemos nuestras horas en un infinite scroll. Hay personas que funcionan como ese algoritmo; las he visto y lo he notado. No sé si es una onda brillante o maquiavélica. Les aviso cuando llegue a una conclusión.

Seguro han escuchado la frase “en la mesa no se habla de política ni religión” (hay quienes agregan futbol y quién soy yo para juzgar). Cuando dicen esto, a mí me suena a “no sé compartir ideas diferentes a las mías y los berrinches afectan mi digestión. Guarda tus opiniones para cuando yo no esté comiendo, respirando o en cualquier estado de vigilia. Provechito”. Y hasta hace muy poco tiempo criticaba esta postura fervientemente, pero de unos meses para acá, me he cuestionado si en realidad esas personas son infinitamente sabias y debería aprender de ellas.

El internet tiene memoria y seguramente podrán ver mis colapsos nerviosos en las elecciones de 2012 en México. En 2018, traté de contenerme y CASI logro salir sin raspones, pero las emociones se desbordaron en algún punto y el filtro en el que trabajé por semanas se borró por completo. La verdad es que aunque yo fui mucho más vocal en el 2012, las respuestas que recibí (verbales y emocionales) fueron mil veces más violentas en 2018. Yo no soy terapeuta para analizar el porqué y ustedes podrán sacar sus conclusiones. Esto es lo que me ha llevado a pensar que quizá no siempre es lo más sano para el autocuidado tratar de dialogar: todxs creemos tener el acento neutro y cualquier otra cosa nos suena a balbuceos.

Noté el fenómeno curioso del “acento neutro ideológico” en las últimas elecciones. Justo los días periféricos, comenzaron a mandarme mensajes privados personas con las que estaba en diferentes grupos de Whatsapp. Resulta que se identificaban con lo que yo decía, que estaban de acuerdo, tenían la necesidad de platicarlo con alguien, pero no querían romper con la idea de neutralidad en ningún grupo social. Así, incluso tiempo después, platicando con una amiga, me di cuenta de que en algunos círculos pensaban que yo era la única con “cierta ideología”. Asumo, que eso convertía mis palabras en algo aún peor: el máximo de la otredad.

En estos dos años he perdido amistades y ha sido doloroso. Desde el 2017, estoy recuperándome de varias rachas de depresión y la cuestión es un subibaja , pero déjenme decirles que no hay bajo más bajo que descubrir las consecuencias que puede tener la falta de un “acento neutro”, incluso, con quienes considerabas las personas más cercanas a ti. Sé que estos son los momentos en los que una debe poner cada relación en su debida proporción y me ha tomado mucho trabajo emocional lograrlo, aunque una parte de mí sigue pensando que quizá era mejor NUNCA descubrir de esa manera con quiénes podía perder el acento neutro.

No pienso, en lo más mínimo, que las personas con las que he tenido que replantear la amistad que tenía (bajando por mucho mis expectativas) o incluso las que sé que no volverán a ser parte de mi vida sean “malas”. De entrada, acepto que siempre hay dos lados de una moneda y que tengo la capacidad de ser punzante –o sea, culera, ojete, mal pedo, jíja-de-la, para que me entienda la banda chilanga que ande por acá– con las palabras. Es algo que sé que tengo que trabajar cada día. Creo, además, que esta historia –como suele suceder con todas las experiencias humanas– debe ser muy común y hace falta contarla más. Todas y cada una de las personas con las que no he encontrado un puente para comunicarme me han enseñado cosas valiosas y su opinión me importa porque, honestamente, no creo que sus motivaciones, acciones o creencias se fundamentan en un deseo de dañar. Al menos, eso espero.

He tardado tanto en escribir este texto porque lo que he pasado los dos últimos años ha sido un duelo que se va juntando con otros tantos y me ha costado mucho trabajo digerirlo y procesarlo (voy como a la mitad del camino). Lo único que realmente no he logrado responder –al final, no soy tan valiente– es si quiero mantener la neutralidad suiza o ser como Ifemelu. ¿Realmente vale la pena?

Pertenezco a varios chats vecinales que se han ido multiplicando porque el acento nunca es suficientemente neutro. Se hacen de palabras, se enojan y fundan otro chat: algo así como un movimiento independentista express y sin sangre (hasta ahora). Tal vez debería hacer algo así con mis redes sociales y sacar una cuenta de Facebook “para quien le interesa saber lo que opino” y otra “para memes de gatitos y dibujos de bolillos cada vez que tiembla en la Ciudad de México” (aunque todo mundo sabe que lo mejor para la salud mental sería borrar todas las redes, pero nos encanta arrancarnos las costras).

Leer opiniones opuestas a la mía no es nada fácil y muchas, pero muchas veces me falla el tacto porque las emociones me ganan. Supongo que es un músculo que se puede fortalecer con el paso de los años; sin embargo, estos meses sin cordura, el nivel de violencia al que se ha llegado al intercambiar “opiniones” es algo para lo que no me considero apta. Quienes sigan en ese cuadrilátero ya pertenecen a ligas mayores.

Una parte de mí piensa que la idea de tener un “acento neutro” que nunca cuestione ni cause enojos es sensata, pero otra sigue sin poder resistirse a escribir tratados enteros en Whatsapp o Facebook como si efectivamente, alguien los leyera del otro lado de la pantalla.

Y todo este choro, irónicamente, es para contarles que hoy, la fuerza sólo me alcanza para el silencio.

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