Se va a caer

La ciudad está viva y tratamos de domarla a diario. Nos habla y siempre hay un guion que se marca desde el poder. Los monumentos y edificios nos dicen qué eventos en la historia son relevantes, qué ideologías seguimos, quiénes importan. Los monumentos nos dicen qué valoramos como sociedad. Y en este país, en esta capital, no es la vida de las mujeres.

La Ciudad de México es la suma de muchas urbes, unas pequeñas, otras enterradas. Debajo de la plancha del Zócalo, del Palacio Nacional y de la Catedral, por ejemplo, existen trazos y huellas de otra ciudad que fue exiliada a las profundidades con la llegada de los españoles. Día a día, estos símbolos nos hablan, nos murmuran su importancia, su poder. Las feministas lo que han hecho es cuestionar ese discurso –encarnado en todos estos símbolos patriarcales– que a diario nos grita que nuestra vida no importa. 

No he visto en las críticas que exigen el silencio de las paredes alguien que reclame que se desmantelen las edificaciones coloniales para reconstruir las pirámides despojadas de sus materiales. Las intervenciones de las protestas tienen menos valor ante esos ojos porque son edificios que simbolizan todo en lo que creen: la opresión, la supremacía masculina, la historia de cómo “nos domesticaron”. 

Las mujeres estamos construyendo una nueva ciudad encima de estos símbolos y quienes se aferran a ellos –desde el presidente, hasta los autoproclamados restauradores o historiadores en las redes sociales– se convierten en un muro más que hay que tumbar. Las feministas nombran a las que ya no están y evidencian al Estado que se empeña en invisibilizarnos a todas. Poco importa que en la capital mexicana la Jefa de Gobierno sea mujer si ella personifica el mismo pacto patriarcal. 

La ciudad que están construyendo con las intervenciones es la que yo quiero habitar. Sólo en ella me puedo ver con una voz, viva, recorriendo las calles sin miedo. En la ciudad que ellas están dibujando, todas tenemos nombres y no somos un expediente empolvado más. Sólo en esta urbe reinventada tenemos la posibilidad de sanar las violencias que se repiten como espirales desde que somos niñas.

Con las pintas, están tumbando los símbolos, arrancándolos desde la raíz, y nos ofrecen una alternativa, una metrópolis que sea –efectivamente– madre y hogar. 

No sólo están interviniendo un muro. Simbólicamente lo están tirando.

Y se va a caer.

Fotografía de https://www.facebook.com/Desinformemonos/

Melodía para no perder la razón

La avenida está colmada de acero. Nadie cede el paso y quienes vamos a pie, automovilistas y ciclistas efervecemos en el asfalto. Se oye una sirena a lo lejos. El sonido no tarda en hacer vibrar el tímpano y los coches buscan rápidamente cómo abrir camino. Contenemos el aliento al unísono hasta que el ruido se desvanece. Es una escena común que a mí, personalmente, no deja de sorprenderme.

Hay sonidos que pintan a la Ciudad de México: organilleros, el coche de los camotes, los tamales oaxaqueños, la niña cansada de los fierros viejos, la campana de la basura y desde hace unos meses, las sirenas cada vez más constantes, siempre en el fondo, siempre golpeando un poco el corazón. 

Cuando, en 1819, Charles Cagniard de la Tour nombró este aparato lo hizo pensando en los seres míticos griegos –mitad mujeres y mitad animal– quienes poseían un canto que embrujaba a los navegantes hasta conducirlos a la muerte. Hoy en día, sus homónimos de metal, plástico y sonido estridente, hacen precisamente lo contrario. Inicialmente, las sirenas tenían cuerpo de ave con rostro y torso de mujer; no es sino hasta la época medieval que su parte inferior es figurada como un pez.

La imagen de sirenas aladas me parece hermosa porque sobre las calzadas capitalinas sólo hay dos formas de abrirse paso: volar –si es que alguna vez logramos hacerle caso al cotidiano “si tienes prisa, bríncame”– o ser ambulancia. 

Además, una hipótesis del origen de la palabra es que Σειρήν (seirén) quizá significó «cuerda», haciendo referencia a seres que ataban –o encadenaban– y desataban, de acuerdo con su voluntad. Así. las imagino tensando y aflojando los hilos de nuestras calles para inventar caminos entre la marabunta de autos. 

Hablando con una amiga, le preguntaba si –guardando toda proporción– el sentimiento indescriptible de alarma y dolor que me acompaña desde que inició la pandemia será algo similar a lo que experimentan las personas en una zona de guerra. Todo el tiempo espero el momento en el que más bombas caerán, invariablemente más próximas. Se escuchan ”las explosiones” lejos y cerca, siempre constantes. 

Y en el fondo, las sirenas.

¿En serio continúa mi admiración por la escena tan ordinaria con la cual comencé este texto? Sí, porque el aire falta en esta ciudad desde hace muchas décadas y ahora que nuestros pulmones colapsan uno a uno frente al covid, unos cuantos inflan su cuenta bancaria a costa del sufrimiento. Efectivamente, hemos visto personas darlo todo por estar al frente de la contingencia, pero también hay –yo los he percibido más en semanas recientes– quienes cometen los peores atropellos en medio de la tragedia. Los tanques y condensadores de oxígeno se están vendiendo hasta en cinco veces su precio original. Familias completas son defraudadas al pagar adelantos por fuentes de oxígeno inexistentes. Y todo tiene que ver con que las leyes mexicanas son una sugerencia, aplicable exclusivamente a quien no pueda pagar por romperlas. 

Y así, con todo, las sirenas se siguen abriendo el paso entre la multitud metálica que en ninguna otra circunstancia, cedería su lugar al frente de la fila a nadie.

Me sigue sorprendiendo porque pienso que si mañana desaparecen todas las leyes, la gente seguiría abriendo el paso a las ambulancias. Y lo creo así porque en este lugar, donde las consecuencias son arbitrarias, nos aferramos a sobrevivir: porque supe de la organización después del sismo de 1985 y atestigüe las redes comunitarias en plena función en el 2017. En momentos así, esta ciudad, entre sus grietas metafóricas y reales, muestra que lo nuestro, lo verdaderamente nuestro es la anarquía y que si seguimos aquí, de pie, es gracias a ella. El Estado nos ha fallado una y otra vez y es la regulación que nace de la ciudadanía, ese sabernos un pueblo “huérfano” –nuestra anarquía– la que nos ha hecho persistir.

En la película Another Earth (2011), la protagonista cuenta la historia de un cosmonauta que no logra escapar de un ruido persistente y fastidioso dentro de su nave. Piensa que le esperan muchos días en soledad con ese sonido y para no perder la razón, decide “enamorarse” de él. Entonces, ya no escucha un “clack”, “clack” sino que oye música. De la misma manera, creo que pensaré en las sirenas de las ambulancias como el himno de la anarquía que mantiene esta ciudad suspendida encima de un eterno abismo, pero evitando que caiga al fondo. 

Cuando vea las peleas eternas en la redes sociales –esas donde insistimos en doblar verdades para apoyar u odiar a un partido y articulamos falsedades para poner la pandemia al servicio de nuestra ideología política– o cuando en la pantalla aparezca la siguiente noticia de lo peor de la humanidad que ha salido con la crisis sanitaria, podré escuchar en el fondo las sirenas y pensar que, al menos, a unos metros de distancia, se está desarrollando esa escena cotidiana que me sigue asombrando, en la que los automóviles abren el paso a las ambulancias.

Es una secuencia de eventos en la que por un breve instante logramos que la vida humana sea lo más importante.

Es una melodía.

*La imagen es de un dibujito mío.

( )

Hoy me llegaron unas fotos que mandé a imprimir. Me llenó de calma verlas y acomodarlas en el álbum. Sentirlas entre las manos y no en la pantalla me ayudó a recordar que existe un tiempo fuera del covid.

Curiosamente, tengo muchas imágenes de las semanas en pandemia, por lo que noté que incluso en el fin del mundo, logramos darle a Elián instantes de felicidad.

Suelo pensar en la pandemia como si fuera una pausa, un paréntesis largo. Pero no. Nuestra vida sigue llenándose de recuerdos, unos dolorosos y otras tan bellos que decidimos pasar a papel.

El 20 por ciento de la vida de Elián ha sido en un mundo “covid”. Él recordará estos instantes, que además, harán eco toda su vida. Ahora tengo estas fotos para recordarle que vivimos antes y durante la pandemia y que encontramos huequitos de felicidad entre las sirenas que son el telón de fondo de estos meses.

(Los paréntesis son los que depositamos en la memoria corporal o extendida y que en días como hoy, nos ayudan a respirar de nuevo).

Dos, cero, dos, uno

Ya entrada en el año nuevo sigo pensando cuál sería mi mensaje lleno de motivación para colgarlo en las redes sociales. Sé que aunque sea una fecha arbitraria para iniciar un ciclo (porque bien podría comenzar el año cuando llega la primavera), nos sirve como una frontera ilusoria que nos permite fantasear con un mejor mañana. En estos días, nos imaginamos mejores versiones de nosotras mismas y prometemos dejar a la persona que somos detrás. Cada año lo he imaginado. Cada año he fallado.

Esta ocasión me sentía hipócrita escribiendo mensajes optimistas y no necesariamente es algo “malo” o “pesimista”. Me parece que le debo una disculpa a todas las “yo” del pasado que he tachado de insuficientes, gordas, indisciplinadas, inconstantes, procrastinadoras, obsesivas, intensas. Es momento de aceptar que tal vez ya soy la “mejor versión” de mí misma que me es posible ser y necesito dejar de exigirme, con cada año, una modificación completa y alucinar con cada campanada que, una vez que las manecillas marquen la medianoche, seré otra. 

Quizá este año lo mejor para mí no sea tener propósitos, sino “despropósitos”, cada uno de los cuales va en contrasentido de lo que se espera de las personas en este círculo vicioso de desear lo inalcanzable.  El primero de estos “despropósitos” puede ser, por ejemplo, tener menos, poseer menos cosas y dejar de consumir artículos que no necesito, aunque a veces sea difícil pelear contra esa pequeña voz que me convence de que tan solo tener esto o aquello me haría realmente feliz.

 Y ya que estamos en esas, uno de mis “despropósitos” es dejar de perseguir la felicidad como si fuera una chuleta inalcanzable. Quiero valorar todo el espectro de emociones que experimentamos y darme permiso de sentir tristeza o enojo sin que exista culpa o vergüenza de por medio. Nadie es perpetuamente feliz: no importa lo que se aparenta en las redes sociales y mostrar la propia vulnerabilidad es un acto no sólo valiente, sino necesario. Eso de simular imperturbabilidad durante una pandemia no puede ser sano.

  Otro “despropósito” es recordarme a diario que la belleza no es una categoría con la que debería valorar a nadie, comenzando por mí misma. Me niego a hacer mío el deseo –UNA VEZ MÁS, por un periodo consecutivo de doce meses, renovable automáticamente– de tener la figura que nunca en mi vida he tenido y castigarme por no lograrlo.  Debería quitar los espejos de la casa y comenzar a reconocer a mi cuerpo por lo que hace, en lugar de por cómo se ve: ese sí sería un acto revolucionario. 

El último de mis “despropósitos” es dedicar más tiempo a la nada, a la cero “productividad”, a simplemente ser, respirar y existir. Todas las semanas me asusta cuando mi teléfono me muestra el resumen de las horas dedicadas en su pantalla porque pienso que son momentos donde pude estar haciendo algo “útil”. Este año, más bien pensaré que son horas perdidas porque bien las pude haber ocupado a cosas completamente “inútiles”. 

Pensé terminar este texto deseándoles un bonito 2021, el mejor año, el fin de la pandemia, la llegada de la paz mundial. No lo haré.  Creo que es mejor aspirar a reconocer que el año estará de momentos tremendamente jodidos y no lo digo yo: sólo basta un poquito de observación para concluir que esto es inevitable. 

Deseo, entonces, que los meses que vienen podamos encontrar el valor de todo lo que consideramos horrible: nuestras lonjas, estrías, dolores, enfermedades, muertes. Ojalá que hallemos el encanto de oír nuestra propia voz en una grabación, de ver nuestro reflejo en los espejos de los vestidores.

Espero que reconozcamos la maravilla de sentir el último suspiro después llorar por horas o el descanso de la mente al “perder el tiempo” sin tener ganas de encontrarlo nunca más. 

Pareidolia

Hay quienes nacemos con grietas que pasamos la vida tratando de arreglar, mientras el tiempo nos pasa por encima, a veces calmo, a veces brutal. 

El tiempo es una magnitud física que existe de forma independiente a nuestra percepción, aunque lo podamos sentir en nuestras palpitaciones y aliento. Las horas parecen estirarse y contraerse con cadencias varias dependiendo de lo que vivimos. 

Observar defectos en las paredes e imaginar rostros, animales o mapas es una de las cosas que más disfruto cuando hay oportunidad de pausar: como los sábados en los que despierto antes que nadie y tengo breves momentos de simplemente contemplar la nada en los defectos de los muros y los techos. Me gusta la soledad: no la que cala el pecho, sino la que me permite sentir el tiempo como una respiración tranquila en las fisuras de las paredes. En singular, puedo leer, escribir, escuchar la música que quiera o poner las peores comedias románticas que estén en el catálogo de Netflix. 

No he tenido estos instantes desde que empezó la pandemia. La crianza en nuestros tiempos es un acto solitario y el virus sólo llegó a acentuar este hecho. Nos tiene desde febrero, a Adán y a mí, como una isla que trata de mantenerse a flote, un pedacito de tierra donde azotan olas, cada una más grande que la anterior. Quienes han tenido que maternar y paternar este año saben exactamente a lo que me refiero: somos archipiélago. 

Cuando se desborda mi ansiedad, el tiempo deja de tener proporciones naturales. Cada segundo es como el instante en el que se escucha la alarma sísmica –con el golpe en el corazón que ello  implica– y  aunque al final resulte ser una  “prueba de audio” o –como me ha sucedido más de una vez– el claxon de un trailer o el carrito de los camotes, el cuerpo queda en estado de alerta. Los minutos pasan como palpitaciones en la garganta. 

A veces, la ansiedad es como recorrer una casa de los sustos, donde sabes que es un juego y entiendes que alguien te querrá espantar. Aunque el simple hecho de saberlo debería hacer que nada te asustara, gritas en cada habitación. El tiempo, estos meses, ha sido un bucle sin salida en una casa embrujada.

Me gustaría que este ejemplo fuera sólo una metáfora, sin embargo, cuando tenía 18 años, efectivamente entré (por última vez) a “La casona del terror” de la ya desaparecida Feria de Chapultepec. Era un espacio mal hecho, quienes actuaban tenían los peores disfraces y a cualquier persona en su juicio le hubiera dado más risa que susto. No soy esa persona.

Mi comitiva se juntó en la entrada con una más para iniciar el recorrido. Yo tomé, con una mano, a la persona delante de mí, a quien conocía, y con la otra, al primer integrante del segundo grupo, un niño de unos 7 años que iba con su papá y hermana. Inició el recorrido y es aquí donde se divide el “deber ser” racional y el “ser” ansioso en el que vivo. La expectativa era que mi mente funcionara de la siguiente manera:  “¡Qué divertido juego por el que acabas de PAGAR! Estás aquí VOLUNTARIAMENTE y la estamos pasando increíble porque nada de esto es real”.  Los hechos fueron muy diferentes y mi ansiedad me convenció, en segundos, de estar en medio de la tercera guerra mundial, por lo cual todo mi cuerpo gritaba “ALERTA, ALERTA. Esto no es un simulacro.  Auxilio. CORREEEEEEEEEEE”. 

Y eso fue lo que hice. Me eché a correr en pánico total por la casa como si me estuviera persiguiendo la jauría de la Segunda Sección de Chapultepec (cosa que sí ha pasado. Espero que nunca se encuentren este grupo de “lomitos” porque la muerte se siente cerca cuando decenas de cabecitas peludas te enseñan los colmillos. Considerando la anécdota que les estoy contando en este momento, a lo mejor no soy nadie para evaluar situaciones peligrosas. Ustedes caminen tranquilxs por todo Chapultepec…o no).

El tiempo dentro de la casona se transformó en puro sudor de manos y fuerza en las piernas. No sé cuántos minutos estuve tratando de “huir”, tropezándome entre tumbas falsas, toda yo pura ansiedad agonizante. Grité y grité hasta que encontré una salida de emergencia y la empujé con todo mi ser. 

En todo este tiempo, por supuesto, jamás noté que cuando empecé la carrera, jalé conmigo al pobre niño de 7 años, quien debe seguir contando este evento en terapias. Separé a un niño de su familia, llenándolo de terror y probablemente marcándolo de por vida. Soy la Trump de las casas de espantos. Después, tuve que esperar, muy avergonzada, al papá del niño a la salida del juego. Honestamente, no sé si estaba enojado o no. No recuerdo muchos detalles porque seguía temblando y sentía que el corazón se me salía por las orejas. 

He pensado en esta anécdota los últimos días porque, desde febrero, me he sentido como ese niño: de un momento a otro, corriendo hacia quién sabe dónde, arrastrada por quién sabe quién. 

Me pregunto, si tuviera un solo instante para contemplar los mapas en las paredes de mi casa, si podría encontrar un camino para sentirme menos perdida o si encontraría en las grietas a más personas igual de desorientadas que yo, tratando de encontrar la salida de este laberinto, donde el tiempo es como arena, a veces suave, a veces un cúmulo navajas empujadas por el viento. 

Quizá somos muchas las personas que nos hemos deshilvanado por este ininteligible año y juntas podamos, en algún tiempo y lugar, reconstruir las madejas de lo quede de nosotras.

El acento neutro

Existe un momento en la vida de una persona en el que se da cuenta de que su forma de hablar suena “diferente”, “extranjera”, “chistosa”, “cantadita” para hablantes de otra región. El instante suele pasar desapercibido y no dudo que existan personas en plena edad adulta que nunca han reflexionado al respecto, porque solemos pensar que el nuestro es un “acento neutro”, uno que no tiene una cadencia reconocible, que nos señala o que revela verdades sobre nuestro origen.

Hace poco leí la novela Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie. La protagonista, Ifemelu, es una mujer nigeriana que emigra a Estados Unidos e, inicialmente, se esfuerza por asimilar su habla al del país al que ha llegado: incluso le comentan que no tiene “acento” extranjero. En algún momento, ella decide conservar su acento nigeriano e incluso marcarlo: es una bandera identitaria usada como método de supervivencia y símbolo de resistencia.

En preparatoria, tuve una amiga muy querida que hacía más o menos lo mismo. Era la chilanga más chilanga que podría existir, con su “chale”, “no mames, güey”, “qué pedo”, pero si ibas de visita a su casa, inmediatamente cambiaba su habla y con su mamá y papá se escuchaba totalmente argentina. Incluso estando en el mismo lugar podía platicar con una persona mexicana y hablar en “chilango” y voltear a ver a su mamá o papá y cambiar por completo su acento. Era una habilidad impresionante.

La lengua es poderosa y esto de neutralizar nuestras palabras va más allá del acento con el que nos expresamos: se extiende a las ideas que decidimos externar. Llega un momento –si somos personas afortunadas, en la infancia temprana–, en que notamos que no todo mundo piensa igual, que existen quienes no creen en lo mismo que nosotrxs, no les gustan los mismos programas de televisión, los mismos colores, sabores ni sonidos. Nos encontramos con la otredad y digerir lo que esto significa es más complicado entre más años tenemos. Los “acentos ideológicos” nos causan miedo y frustración.

Siempre pensamos que tenemos la razón y sobre esto han escrito e investigado personas mucho más versadas en el asunto que yo (sólo hay que googlear “sesgo de confirmación). El algoritmo de las redes sociales tiene esto perfectamente calculado y nos muestra principalmente las noticias y opiniones que confirman esta premisa, porque al final, nos quiere hacer sentir bien para que pasemos nuestras horas en un infinite scroll. Hay personas que funcionan como ese algoritmo; las he visto y lo he notado. No sé si es una onda brillante o maquiavélica. Les aviso cuando llegue a una conclusión.

Seguro han escuchado la frase “en la mesa no se habla de política ni religión” (hay quienes agregan futbol y quién soy yo para juzgar). Cuando dicen esto, a mí me suena a “no sé compartir ideas diferentes a las mías y los berrinches afectan mi digestión. Guarda tus opiniones para cuando yo no esté comiendo, respirando o en cualquier estado de vigilia. Provechito”. Y hasta hace muy poco tiempo criticaba esta postura fervientemente, pero de unos meses para acá, me he cuestionado si en realidad esas personas son infinitamente sabias y debería aprender de ellas.

El internet tiene memoria y seguramente podrán ver mis colapsos nerviosos en las elecciones de 2012 en México. En 2018, traté de contenerme y CASI logro salir sin raspones, pero las emociones se desbordaron en algún punto y el filtro en el que trabajé por semanas se borró por completo. La verdad es que aunque yo fui mucho más vocal en el 2012, las respuestas que recibí (verbales y emocionales) fueron mil veces más violentas en 2018. Yo no soy terapeuta para analizar el porqué y ustedes podrán sacar sus conclusiones. Esto es lo que me ha llevado a pensar que quizá no siempre es lo más sano para el autocuidado tratar de dialogar: todxs creemos tener el acento neutro y cualquier otra cosa nos suena a balbuceos.

Noté el fenómeno curioso del “acento neutro ideológico” en las últimas elecciones. Justo los días periféricos, comenzaron a mandarme mensajes privados personas con las que estaba en diferentes grupos de Whatsapp. Resulta que se identificaban con lo que yo decía, que estaban de acuerdo, tenían la necesidad de platicarlo con alguien, pero no querían romper con la idea de neutralidad en ningún grupo social. Así, incluso tiempo después, platicando con una amiga, me di cuenta de que en algunos círculos pensaban que yo era la única con “cierta ideología”. Asumo, que eso convertía mis palabras en algo aún peor: el máximo de la otredad.

En estos dos años he perdido amistades y ha sido doloroso. Desde el 2017, estoy recuperándome de varias rachas de depresión y la cuestión es un subibaja , pero déjenme decirles que no hay bajo más bajo que descubrir las consecuencias que puede tener la falta de un “acento neutro”, incluso, con quienes considerabas las personas más cercanas a ti. Sé que estos son los momentos en los que una debe poner cada relación en su debida proporción y me ha tomado mucho trabajo emocional lograrlo, aunque una parte de mí sigue pensando que quizá era mejor NUNCA descubrir de esa manera con quiénes podía perder el acento neutro.

No pienso, en lo más mínimo, que las personas con las que he tenido que replantear la amistad que tenía (bajando por mucho mis expectativas) o incluso las que sé que no volverán a ser parte de mi vida sean “malas”. De entrada, acepto que siempre hay dos lados de una moneda y que tengo la capacidad de ser punzante –o sea, culera, ojete, mal pedo, jíja-de-la, para que me entienda la banda chilanga que ande por acá– con las palabras. Es algo que sé que tengo que trabajar cada día. Creo, además, que esta historia –como suele suceder con todas las experiencias humanas– debe ser muy común y hace falta contarla más. Todas y cada una de las personas con las que no he encontrado un puente para comunicarme me han enseñado cosas valiosas y su opinión me importa porque, honestamente, no creo que sus motivaciones, acciones o creencias se fundamentan en un deseo de dañar. Al menos, eso espero.

He tardado tanto en escribir este texto porque lo que he pasado los dos últimos años ha sido un duelo que se va juntando con otros tantos y me ha costado mucho trabajo digerirlo y procesarlo (voy como a la mitad del camino). Lo único que realmente no he logrado responder –al final, no soy tan valiente– es si quiero mantener la neutralidad suiza o ser como Ifemelu. ¿Realmente vale la pena?

Pertenezco a varios chats vecinales que se han ido multiplicando porque el acento nunca es suficientemente neutro. Se hacen de palabras, se enojan y fundan otro chat: algo así como un movimiento independentista express y sin sangre (hasta ahora). Tal vez debería hacer algo así con mis redes sociales y sacar una cuenta de Facebook “para quien le interesa saber lo que opino” y otra “para memes de gatitos y dibujos de bolillos cada vez que tiembla en la Ciudad de México” (aunque todo mundo sabe que lo mejor para la salud mental sería borrar todas las redes, pero nos encanta arrancarnos las costras).

Leer opiniones opuestas a la mía no es nada fácil y muchas, pero muchas veces me falla el tacto porque las emociones me ganan. Supongo que es un músculo que se puede fortalecer con el paso de los años; sin embargo, estos meses sin cordura, el nivel de violencia al que se ha llegado al intercambiar “opiniones” es algo para lo que no me considero apta. Quienes sigan en ese cuadrilátero ya pertenecen a ligas mayores.

Una parte de mí piensa que la idea de tener un “acento neutro” que nunca cuestione ni cause enojos es sensata, pero otra sigue sin poder resistirse a escribir tratados enteros en Whatsapp o Facebook como si efectivamente, alguien los leyera del otro lado de la pantalla.

Y todo este choro, irónicamente, es para contarles que hoy, la fuerza sólo me alcanza para el silencio.

Consejos para [tal vez] sobrevivir en la Ciudad de México (Primera parte)

Amo esta ciudad. Todos los altibajos emocionales y de temperatura que implican vivir aquí se han vuelto parte de mi identidad. El otro día pensaba en esto porque Adán y yo tuvimos una conversación que honestamente, no podría ser más “chilanga” (a menos que la pusiéramos dentro de un bolillo):

Adán: Iba a revisar el control parental de Netflix en tu computadora, pero ya tienes otra contraseña.
Yo: [le digo la contraseña]
Adán: Nunca me voy a acordar.
Yo: Pues programemos para que se abra con tu huella digital.
Adán: ¿Pongo el dedo índice?
Yo: Buena pregunta, ¿qué dedo usamos menos por si nos la roban y nos cortan el dedo?
Adán: Supongo que el meñique.
Yo: Ese siempre es el que mandan en sobres. Igual y es el que prefieren cortar más y entonces te van a cortar dos dedos.
Adán: Bueno, entonces supongo que da igual el dedo que ponga.

Si quien escucha detrás de Siri no es una persona chilanga, seguro pensó que tenemos serios problemas que debemos tratar urgentemente en terapia (y sí). Y probablemente valoró sus dedos como nunca lo había hecho en la vida (DE NADA, oreja de Siri).

Las personas chilangas probablemente sí estamos muy afectadas por la vida. No me digan que nadie más consideró la posibilidad de mutilaciones cuando comenzaron a salir los celulares que se desbloquean don la huella digital (en serio, no me lo digan). Y hay otras tantas cosas que podríamos contar sobre cómo funciona esta ciudad que quizá sólo tengan sentido para nosotrxs. Aquí hay algunas:

Cuando se pone el alto para los coches, si eres peatón, calcula que siempre, pero siempre hay alguna pobre persona que es la ÚNICA con algo importante que hacer y, por eso, se pasa los primeros segundos del rojo: nunca cruces justo cuando te corresponde. Espera unos momentos y asume que el semáforo no existe. Como nota, las personas en moto y bici en la CdMx pierden por completo la capacidad de ver colores. ES UN MISTERIO CÓMO O POR QUÉ SUCEDE, entonces no esperes que se frenen en al alto.

Hablando de autos, si un conductor nuestra su infinita misericordia y decide no atropellarte para darte chance de cruzar en un paso peatonal, agradécele. Una pequeña seña con la mano basta para contribuir al reforzamiento positivo necesario para que esta subespecie chilanga se siga tentando el corazón. No lo olvides: DECIDIÓ no matarte y si no le das las gracias, su enojo hará que en la siguiente esquina Si no tenga piedad.

Si, por otro lado, te aventuras a conducir en la ciudad, no hay mucho que debas saber. La única regla de oro es poner atención a las intermitentes: si alguien delante de ti las prende, significa “voy a hacer pendejadas y te estoy avisando por buen pedo”. Y un secreto no tan bien guardado es que JAMÁS es buena idea irte en auto al centro histórico. J-A-M-Á-S.

Si no vas caminando ni manejando y terminaste dentro de una micro, es muy importante que sepas que cuando se sube una persona a pedir “apoyo” porque “no quiere te asaltar”, en realidad te está asaltando, pero con un descuento. APROVÉCHALO.

Trabajaré en mi lista de consejos para tal vez sobrevivir en esta ciudad y se las iré compartiendo en otros posts. Banda chilanga, ¿qué agregarían?

Babel Fish

Cada cierto tiempo entro en crisis existencial: son momentos específicos en los que me pongo a limpiar todo. Así, antes de sentarme a escribir buena parte de mi tesis, por ejemplo, tenía que ordenar el clóset, los libreros, la despensa. Adán entra en crisis por mi crisis y, por eso, hoy le avisé que estoy en uno de esos periodos.

Estos achaques no son algo nuevo. Son tan comunes que ya me sé la broma –SÚPER ORIGINAL– de “ven a limpiar mi casa”. Sí, está chistosa y les prometo que iría, pero #Covid. Sólo en tiempos recientes identifico que estos lapsos se relacionan con una verdad de la que no puedo escapar más: sigo sin saber qué quiero ser cuando sea grande. Quienes me conocen saben que cuando salí de la prepa, comencé a estudiar derecho, luego diseño y terminé en letras. Una parte de mí siempre supo que esta última era la carrera que debí elegir desde el inicio, pero me daba mucho miedo pensar en el futuro. Corrijo, me da mucho miedo pensar en el futuro. Después de la licenciatura, me costó trabajo elegir la maestría (me tomé unos años antes de entrar) y enfocarme en un tema, acotarlo, clavarme. Cuando terminé el doctorado me quedé con una especie de síndrome del nido vacío y horror vacui que no he sabido llenar.

Desde hace unos años tengo la idea de aprender a programar y apenas estos meses comencé con cursos gratuitos en línea muy básicos. También tengo muchas ganas de estudiar francés, comenzar a tejer, escribir con disciplina, fundar algún negocio increíble, ponerle más atención a la página de Feminismo Interseccional, y tantas, tantas cosas más. Tal vez es que se acerca un año nuevo y soy un vil cliché de película navideña (no es que haya visto Love Actually trescientas veces *guiño*), pero junto con estos deseos de ordenarlo todo, vienen los de explorar otras formas de conocer.

Después de unas semanas, la realidad siempre aterriza y el tiempo con el que cuento en el día a día no es suficiente para nada de lo que –casi estoy segura– me ayudaría a saber qué carajos quiero ser de grande. Se desordenan los cajones, empolvan los libros y atiborra la alacena de frascos medio vacíos que esperan a mi siguiente achaque de “tengo-que-hacer-algo-«útil»-porque-#capitalismo-y-no-he-logrado-nada-con-mi-vida”.

Veo a personas que conozco con un cimiento tan firme en la vida, que incluso me avergüenza reconocer que a mis 35 años, no sé “adultear” (avísenle a la RAE que estoy acabando con el español). Supongo que este texto es otra de mis confesiones. No tengo idea de cómo ser una persona adulta. No he aprendido a socializar, hacer small talk (ilumínenme, ¿cómo dirían esto en español?), ni hacer big talk (no sé si este término es real). Me siento incómoda cuando estoy entre gente que no conozco e incluso me siento desencajada cuando hay muchas personas, aunque sí las conozca. Si algún día me ven agarrar el micrófono cuando en un evento preguntan si alguien quiere tomar la palabra, es que estoy muy, pero muy peda o me está dando un aneurisma. No sé con qué se come eso del networking y no tengo calidad moral para decirle a Elián que el helado no es desayuno (se lo digo: sólo es muy hipócrita de mi parte).

Así, estas semanas, antes de que empiece el siguiente año, limpiaré y limpiaré para calmar mi ansiedad y vivir brevemente con la ilusión de ser una adulta con la vida organizada, que sabe diario lo que está haciendo y que nunca pierde los lentes, el celular ni la cabeza. En una de esas, descubro que lo que quiero ser cuando sea grande es alguien que reconozca sus crisis de ansiedad para escribir sobre ellas y “a-la-Douglas-Adams” este post se desvanecerá en un “soplo de lógica”.

Feliz cumpleaños, Newton.

Para saber lo que es vivir con una persona que tiene ansiedad severa, le tendrían que preguntar a Adán. Yo sólo puedo tratar de ilustrar lo que es ser una persona con ansiedad y TOC.

Un ejemplo claro fue hoy en la mañana, donde la siguiente escena se desarrolló en nuestro hogar:

Yo (a medio secar, saliendo de bañar): ¡Adáaaaaaaan! ¡Aaaadáaaaaaan!

Adán (en pánico por mis gritos de auxilio): ¡¿Qué pasaaaaaaa?!

Yo: Ya sé cómo vamos a poner el arbolito el próximo año.

Adán (con cara de ¿neta, para eso me asustas?): Ajá…

Yo: Sólo esferas en forma de manzana y en lugar de estrella un Isaac Newton. (Tengo una compulsión por comprar cosas TOTALMENTE innecesarias. No sé si es un trastorno, el capitalismo o ambos).

Adán: …

Yo: Si no te decía ESTE MOMENTO, se me iba a olvidar y es IMPORTANTÍSIMO. Hay que anotarlo (esta es la parte obsesiva).

Adán: Te puedes mandar un correo posfechado.

Yo (pensando cómo vivimos en el futuro): ¿Me lo mandas?

Adán empieza a escribir.

Yo (entrando en pánico): No, mejor no. Siento que te estaría “salando” para que te mueras este año y entonces voy a recibir un mail tuyo del más allá y no voy a poder con nada de eso. (Estos son los pensamientos fatalistas e intrusivos).

Adán (quien ya no se sorprende tan fácil con mis ideas): Ok…

Ahora, me mandaré un mail a mí misma que diga algo así como: “Querida yo, quieres poner un árbol de Newton porque eres extremadamente ñoña. Espero que este correo no te eche “la sal” (cosa en la que en realidad no crees) como se la iba a echar a Adán. Ahora que si te la echó, igual no vas a leer esto. Cuando lo pienso más detenidamente, un árbol de Newton suena increíble, pero ¿crees que se vea bien. ¿No lo prefieres hacer de otra cosa?”

Y esta es sólo la primera parte del día.


Quiero ser una cangura en Crocs…

¿Y nuestro derecho a la fealdad?

Generalmente, intentamos definir lo bello, estético, sublime, bonito. Feo es simplemente todo lo demás. La diferencia entre estas palabras es algo que aprendemos de lo que nos rodea desde que nacemos y de las narrativas con las que crecemos.

Se nos enseña, por ejemplo, que nuestro derecho a existir y a reclamar nuestro espacio en el mundo depende de nuestra belleza normativa. Para comprender las reglas del juego sólo debemos ver la publicidad, las revistas y los programas de televisión.

Bromeo con Adán sobre cómo las personas del “mundo del espectáculo” son Cylons, que son lxs androides de Battlestar Galactica, indistinguibles de un ser humano, aunque sólo existían 12 modelos o moldes y se repetián hasta el infinito las mismas características físicas. Si no me creen, vean esta lista o esta nota…o busquen en google ya que entendieron la idea. Entonces, para merecer nuestra existencia en este mundo, debemos acercarnos aunque sea tangencialmente a uno de estos moldes. Creo que, al paso que vamos, todxs terminaremos viéndonos exactamente iguales (o a eso parece que aspiramos).

Yo no sé si mi cerebro tenga solución y pueda re-programarlo para quitarle todos los parámetros jodidos de belleza que ahora viven ahí: algo como Eternal Sunshine of the Spotless Mind, pero en lugar de borrar al ex nefasto de mi cabeza, que me quiten lo colonizada. Como eso (aún) no existe, me gusta imaginarme una realidad donde la dicotomía belleza/fealdad ni siquiera existe. ¿Cuál sería la relación conmigo misma?

Supongo que estaría muy orgullosa de mi panza post-cesárea, que es como si mi cuerpo hubiera querido convertirse en canguro, pero se arrepintió
a la mitad del camino. En inglés le dicen “belly pouch” y se traduciría como “bolsa del vientre”. No se dejen engañar por el nombre tan chingón: amaría tener ese aditamento integrado al cuerpo para compensar el hecho de que la ropa de mujer nunca tiene donde guardar nada. Sería como tener siempre puesto un vestido con bolsillos. NO. Es más como si el músculo de mi vientre bajo hubiera dejado de existir. O como si hiciera tanto calor que mi estómago se derritIera perpetuamente: es una panza “Dalí”.

Los primeros días del puerperio yo no podía ni verme en el espejo, pero si desapareciera la noción de belleza o fealdad, esa panza sería más como una medalla olímpica: felicidades, acabas de imprimir en 3D un ser humano COMPLETO y como premio, tu cuerpo ahora tiene una nueva forma que Gaudí pudo haber diseñado (y terminado antes de que lo atropellaran). Sería una marca de todo lo superpoderosa que fui al sacar una persona de mis adentros (aunque mi cérvix se puso en huelga y creo que el mérito real es de mi doctora).

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El embarazo es un periodo difícil para sacudirse las presiones de ser “bella”. En otro momento les platicaré del “orgullo” que sentía por no tener estrías en la panza de mil semanas de gestación, pero después del parto, resultó que sólo se estaban escondiendo en la parte donde yo no alcanzaba a ver. Fue como una fiesta sorpresa de estrías: una fiesta sorpresa muy jodida y sin alcohol.

Si pudiera descolonizar mi cerebro, quizá no hubiera vivido los primeros 16 años sufriendo por mi nariz. Soñaba con hacerla recta, aplanar esa curvatura inversa y gigante. Cuando me sacaron las placas para operarla, juro que mi cara se veía como si Picasso la hubiera pintado. Si en el mundo no existiera la idea de fealdad, hubiera estado muy orgullosa de tener un rostro tan cubista. Aunque igual me hubieran operado porque a mi nariz nunca le avisaron que su principal función era respirar.

Sería un eufemismo decir que tengo una relación compleja con mi cuerpo. En esa cirugía, mi mamá logró que en el “paquete”, el cirujano incluyera arreglarme el lóbulo de la oreja derecha que estaba dividido en dos desde mi nacimiento. Cuando me estaban llevando al quirófano, sólo escuché a mi mamá pidiendo un último “favor” al médico: “de una vez, quítele el lunar de la cara”. Yo no tenía nada en contra de ese lunar hasta ese momento preciso. El cirujano no lo quitó, pero desde ese día, juro que el lunar pesa en mí. Varias veces he considerado removerlo. Vivo en batalla con él porque lo odio, pero si lo destierro, siento que perdí por completo esta batalla contra el mundo.

La “inteligencia” y “cultura” son una variante de estas cuestiones. Yo misma he dicho (y tratado de convencerme) de que lo realmente importante es ser lista y no bonita. ¿Qué significa eso? ¿Lista para quién? Nuevamente, si revisamos las categorías que nos imponen para colgarnos esa medallita, vamos a encontrar al colonialismo saludándonos. Pensé mucho en ello esta semana que murió Maradona. Hace unos años, lo popular era decir que el fútbol era muy mundano para nosotrxs, las personas “inteligentes”. Luego se dieron cuenta de que a Galeano y a Villoro (creo) les gustaba ese deporte, pero no a todxs les llegó el memo. Entonces, estos días se armo una batalla campal y con palabras pomposas se echaron pedradas (o balonazos) unxs a otrxs , defendiendo su derecho sufrir por la muerte del futbolista, por un lado, y a mamonearse sólo porque sí, por el otro. (En el transcurso de escribir este texto, mi cuñada, Yuru, me dijo que también se armó la rebambaramba en los círculos feministas, pero creo que eso merece otro post completito).

También está la forma en la que vestimos. Siempre me ha intrigado el nivel de pedantería que hay alrededor de los Crocs. Por alguna razón, odiar estos zapatos equivale a tener nivel “platino” de “buen gusto” (¿Existe esto?). Si odias los Crocs, todo mundo tiene que enterarse de que eres una persona tan exquisita que piensas que su ilegalidad haría a este mundo mejor. Yo uso los mismos Crocs desde hace diez años en la casa y son el calzado más cómodo. Confieso que no me los pongo en la calle porque es un aspecto más en torno al cual debo justificar mi existencia en el espacio público. Debería pasear con ellos libremente y colgarme un letrero que diga algo así como “Si te molestan mis Crocs, es que no has visto mi panza de cangura”.

Hacemos de todo para disciplinar a nuestro cuerpo, para encajar en los moldes y ser Cylons decentes. El maltrato no es sólo físico. Por ejemplo, después de mi última carrera de 42K, sólo pensaba que había terminado mi cuarto maratón –con todo lo que eso implica– y yo seguía siendo gorda. Acababa de lograr algo MUY CABRÓN y yo sólo podía lamentarme y reclamarle a mi cuerpo por seguir ocupando más espacio del que debería. ¿Qué tan jodido está eso? A veces creo que corría fondos para castigarme. Y si analizan el estado en el que termina cualquier maratonista, creo que eso es cierto para absolutamente todxs. No puedes estar bien de la cabeza y hacerle eso a tus órganos.

Hoy trato de forzarme a no pensar en mí en términos de belleza o fealdad. Mi panza estriada de semi-cangura no es bella (en serio, no traten de argumentar lo contrario) y eso ESTÁ BIEN. Mi estómago es mucho más que sólo bonito o feo: es la protección de mis órganos torturados por las carreras de fondo, las pedas de la adolescencia y el embarazo. Lo mejor de todo es que mi cuerpo, a pesar de tanto maltrato, AÚN FUNCIONA. Eso es ser fregón y no pedazos.

Aún no llego al punto de “iluminación “ en el que ya no quiera acercarme a todos los estereotipos de belleza y creo que sólo lo lograré cuando mi sueño de un tratamiento médico para extirpar la colonización se haga realidad.

Ese día, me encontrarán corriendo en Crocs y topless por la calle, presumiendo mi panza defectuosa y sabrán que he triunfado en la vida.