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Hoy me llegaron unas fotos que mandé a imprimir. Me llenó de calma verlas y acomodarlas en el álbum. Sentirlas entre las manos y no en la pantalla me ayudó a recordar que existe un tiempo fuera del covid.

Curiosamente, tengo muchas imágenes de las semanas en pandemia, por lo que noté que incluso en el fin del mundo, logramos darle a Elián instantes de felicidad.

Suelo pensar en la pandemia como si fuera una pausa, un paréntesis largo. Pero no. Nuestra vida sigue llenándose de recuerdos, unos dolorosos y otras tan bellos que decidimos pasar a papel.

El 20 por ciento de la vida de Elián ha sido en un mundo “covid”. Él recordará estos instantes, que además, harán eco toda su vida. Ahora tengo estas fotos para recordarle que vivimos antes y durante la pandemia y que encontramos huequitos de felicidad entre las sirenas que son el telón de fondo de estos meses.

(Los paréntesis son los que depositamos en la memoria corporal o extendida y que en días como hoy, nos ayudan a respirar de nuevo).

Dos, cero, dos, uno

Ya entrada en el año nuevo sigo pensando cuál sería mi mensaje lleno de motivación para colgarlo en las redes sociales. Sé que aunque sea una fecha arbitraria para iniciar un ciclo (porque bien podría comenzar el año cuando llega la primavera), nos sirve como una frontera ilusoria que nos permite fantasear con un mejor mañana. En estos días, nos imaginamos mejores versiones de nosotras mismas y prometemos dejar a la persona que somos detrás. Cada año lo he imaginado. Cada año he fallado.

Esta ocasión me sentía hipócrita escribiendo mensajes optimistas y no necesariamente es algo “malo” o “pesimista”. Me parece que le debo una disculpa a todas las “yo” del pasado que he tachado de insuficientes, gordas, indisciplinadas, inconstantes, procrastinadoras, obsesivas, intensas. Es momento de aceptar que tal vez ya soy la “mejor versión” de mí misma que me es posible ser y necesito dejar de exigirme, con cada año, una modificación completa y alucinar con cada campanada que, una vez que las manecillas marquen la medianoche, seré otra. 

Quizá este año lo mejor para mí no sea tener propósitos, sino “despropósitos”, cada uno de los cuales va en contrasentido de lo que se espera de las personas en este círculo vicioso de desear lo inalcanzable.  El primero de estos “despropósitos” puede ser, por ejemplo, tener menos, poseer menos cosas y dejar de consumir artículos que no necesito, aunque a veces sea difícil pelear contra esa pequeña voz que me convence de que tan solo tener esto o aquello me haría realmente feliz.

 Y ya que estamos en esas, uno de mis “despropósitos” es dejar de perseguir la felicidad como si fuera una chuleta inalcanzable. Quiero valorar todo el espectro de emociones que experimentamos y darme permiso de sentir tristeza o enojo sin que exista culpa o vergüenza de por medio. Nadie es perpetuamente feliz: no importa lo que se aparenta en las redes sociales y mostrar la propia vulnerabilidad es un acto no sólo valiente, sino necesario. Eso de simular imperturbabilidad durante una pandemia no puede ser sano.

  Otro “despropósito” es recordarme a diario que la belleza no es una categoría con la que debería valorar a nadie, comenzando por mí misma. Me niego a hacer mío el deseo –UNA VEZ MÁS, por un periodo consecutivo de doce meses, renovable automáticamente– de tener la figura que nunca en mi vida he tenido y castigarme por no lograrlo.  Debería quitar los espejos de la casa y comenzar a reconocer a mi cuerpo por lo que hace, en lugar de por cómo se ve: ese sí sería un acto revolucionario. 

El último de mis “despropósitos” es dedicar más tiempo a la nada, a la cero “productividad”, a simplemente ser, respirar y existir. Todas las semanas me asusta cuando mi teléfono me muestra el resumen de las horas dedicadas en su pantalla porque pienso que son momentos donde pude estar haciendo algo “útil”. Este año, más bien pensaré que son horas perdidas porque bien las pude haber ocupado a cosas completamente “inútiles”. 

Pensé terminar este texto deseándoles un bonito 2021, el mejor año, el fin de la pandemia, la llegada de la paz mundial. No lo haré.  Creo que es mejor aspirar a reconocer que el año estará de momentos tremendamente jodidos y no lo digo yo: sólo basta un poquito de observación para concluir que esto es inevitable. 

Deseo, entonces, que los meses que vienen podamos encontrar el valor de todo lo que consideramos horrible: nuestras lonjas, estrías, dolores, enfermedades, muertes. Ojalá que hallemos el encanto de oír nuestra propia voz en una grabación, de ver nuestro reflejo en los espejos de los vestidores.

Espero que reconozcamos la maravilla de sentir el último suspiro después llorar por horas o el descanso de la mente al “perder el tiempo” sin tener ganas de encontrarlo nunca más. 

Babel Fish

Cada cierto tiempo entro en crisis existencial: son momentos específicos en los que me pongo a limpiar todo. Así, antes de sentarme a escribir buena parte de mi tesis, por ejemplo, tenía que ordenar el clóset, los libreros, la despensa. Adán entra en crisis por mi crisis y, por eso, hoy le avisé que estoy en uno de esos periodos.

Estos achaques no son algo nuevo. Son tan comunes que ya me sé la broma –SÚPER ORIGINAL– de “ven a limpiar mi casa”. Sí, está chistosa y les prometo que iría, pero #Covid. Sólo en tiempos recientes identifico que estos lapsos se relacionan con una verdad de la que no puedo escapar más: sigo sin saber qué quiero ser cuando sea grande. Quienes me conocen saben que cuando salí de la prepa, comencé a estudiar derecho, luego diseño y terminé en letras. Una parte de mí siempre supo que esta última era la carrera que debí elegir desde el inicio, pero me daba mucho miedo pensar en el futuro. Corrijo, me da mucho miedo pensar en el futuro. Después de la licenciatura, me costó trabajo elegir la maestría (me tomé unos años antes de entrar) y enfocarme en un tema, acotarlo, clavarme. Cuando terminé el doctorado me quedé con una especie de síndrome del nido vacío y horror vacui que no he sabido llenar.

Desde hace unos años tengo la idea de aprender a programar y apenas estos meses comencé con cursos gratuitos en línea muy básicos. También tengo muchas ganas de estudiar francés, comenzar a tejer, escribir con disciplina, fundar algún negocio increíble, ponerle más atención a la página de Feminismo Interseccional, y tantas, tantas cosas más. Tal vez es que se acerca un año nuevo y soy un vil cliché de película navideña (no es que haya visto Love Actually trescientas veces *guiño*), pero junto con estos deseos de ordenarlo todo, vienen los de explorar otras formas de conocer.

Después de unas semanas, la realidad siempre aterriza y el tiempo con el que cuento en el día a día no es suficiente para nada de lo que –casi estoy segura– me ayudaría a saber qué carajos quiero ser de grande. Se desordenan los cajones, empolvan los libros y atiborra la alacena de frascos medio vacíos que esperan a mi siguiente achaque de “tengo-que-hacer-algo-«útil»-porque-#capitalismo-y-no-he-logrado-nada-con-mi-vida”.

Veo a personas que conozco con un cimiento tan firme en la vida, que incluso me avergüenza reconocer que a mis 35 años, no sé “adultear” (avísenle a la RAE que estoy acabando con el español). Supongo que este texto es otra de mis confesiones. No tengo idea de cómo ser una persona adulta. No he aprendido a socializar, hacer small talk (ilumínenme, ¿cómo dirían esto en español?), ni hacer big talk (no sé si este término es real). Me siento incómoda cuando estoy entre gente que no conozco e incluso me siento desencajada cuando hay muchas personas, aunque sí las conozca. Si algún día me ven agarrar el micrófono cuando en un evento preguntan si alguien quiere tomar la palabra, es que estoy muy, pero muy peda o me está dando un aneurisma. No sé con qué se come eso del networking y no tengo calidad moral para decirle a Elián que el helado no es desayuno (se lo digo: sólo es muy hipócrita de mi parte).

Así, estas semanas, antes de que empiece el siguiente año, limpiaré y limpiaré para calmar mi ansiedad y vivir brevemente con la ilusión de ser una adulta con la vida organizada, que sabe diario lo que está haciendo y que nunca pierde los lentes, el celular ni la cabeza. En una de esas, descubro que lo que quiero ser cuando sea grande es alguien que reconozca sus crisis de ansiedad para escribir sobre ellas y “a-la-Douglas-Adams” este post se desvanecerá en un “soplo de lógica”.

Feliz cumpleaños, Newton.

Para saber lo que es vivir con una persona que tiene ansiedad severa, le tendrían que preguntar a Adán. Yo sólo puedo tratar de ilustrar lo que es ser una persona con ansiedad y TOC.

Un ejemplo claro fue hoy en la mañana, donde la siguiente escena se desarrolló en nuestro hogar:

Yo (a medio secar, saliendo de bañar): ¡Adáaaaaaaan! ¡Aaaadáaaaaaan!

Adán (en pánico por mis gritos de auxilio): ¡¿Qué pasaaaaaaa?!

Yo: Ya sé cómo vamos a poner el arbolito el próximo año.

Adán (con cara de ¿neta, para eso me asustas?): Ajá…

Yo: Sólo esferas en forma de manzana y en lugar de estrella un Isaac Newton. (Tengo una compulsión por comprar cosas TOTALMENTE innecesarias. No sé si es un trastorno, el capitalismo o ambos).

Adán: …

Yo: Si no te decía ESTE MOMENTO, se me iba a olvidar y es IMPORTANTÍSIMO. Hay que anotarlo (esta es la parte obsesiva).

Adán: Te puedes mandar un correo posfechado.

Yo (pensando cómo vivimos en el futuro): ¿Me lo mandas?

Adán empieza a escribir.

Yo (entrando en pánico): No, mejor no. Siento que te estaría “salando” para que te mueras este año y entonces voy a recibir un mail tuyo del más allá y no voy a poder con nada de eso. (Estos son los pensamientos fatalistas e intrusivos).

Adán (quien ya no se sorprende tan fácil con mis ideas): Ok…

Ahora, me mandaré un mail a mí misma que diga algo así como: “Querida yo, quieres poner un árbol de Newton porque eres extremadamente ñoña. Espero que este correo no te eche “la sal” (cosa en la que en realidad no crees) como se la iba a echar a Adán. Ahora que si te la echó, igual no vas a leer esto. Cuando lo pienso más detenidamente, un árbol de Newton suena increíble, pero ¿crees que se vea bien. ¿No lo prefieres hacer de otra cosa?”

Y esta es sólo la primera parte del día.


Ya no hay palabras

Leí ayer en un lugar que no recuerdo que no deberíamos llamar ansiedad a la angustia. ¿Lo que tengo es angustia? La verdad es que no lo sé, aunque en terapia aprendí que ponerle nombre a nuestras emociones es un primer paso para poder salir adelante.
 
Mucho he leído sobre las crisis de ansiedad que se dan, sobre todo en un entorno como el nuestro y que ya se ven como cotidianas. El lunes, por ejemplo, fui sola a comer y caminé desde la Unidad de Posgrado de la UNAM hacia el Vips que está del otro lado de Insurgentes. Le hablé a mi esposo mientras cruzaba el puente peatonal y entre la seriedad y la esperanza de que sólo fuera el fatalismo que me distingue le dije “te hablo porque si no me vuelves a ver, por lo menos sabes que pasé por aquí”. Así, tan normal, tan campante, tan cotidiano. Me pidió que no le colgara hasta que llegara al restaurante, como si a través del teléfono me pudiera defender de cualquier hombre (y no digo persona, porque hay que nombrar las cosas que las estadísticas respaldan) que se le ocurriera que en ese momento mi vida no vale nada. 
 
Yo no sé si lo que siento cuando veo lo que sucede en el Estado de México, en el país, el el resto del continente, se llama angustia porque también aparece la impotencia, el enojo, la tristeza. Hoy decidimos llamarlo el miércoles negro, pero parece que la oscuridad nos persigue por donde vamos por el simple hecho de ser mujeres. 
 
Cruzando de regreso hacia la Unidad de Posgrado, le volví a marcar a mi esposo para sentir un poco de compañía. En mi recorrido, la única agresión que sufrí fue de uno de los taxistas que rondan la universidad, quien me tocó el claxon, bajó la ventanilla y me acoso verbalmente. ¡Qué suerte! Por lo menos no se bajó a atacarme.
 

No se si a eso se le pueda llamar angustia o nos tenemos que inventar otra palabra. 
 
¿Cómo nombramos esto que nos saca el aire cada vez que salimos a la calle?

Septiembre

No me gusta septiembre. Los 30 días, la ciudad tiene las arterias tapadas porque inician las clases, porque hay fiestas, porque los ríos y lagos claman su lugar en nuestra ciudad lluvia tras lluvia. 
Es el mes en el que recordamos las ausencias y los vacíos: vivimos el nacionalismo hueco el 16, respiramos la falta de los que quedaron enterrados el 19, lloramos por los que hoy nos faltan el 26.

Septiembre duele.

No, no me gusta septiembre. 
 

  

El patíbulo

Leí una noticia. Un pasajero mató de un balazo a un hombre que se subió a asaltar el camión en el que se encontraba. En los comentarios de la nota la gente lo aplaude, lo llama héroe: “todos deberían hacer lo mismo, dicen, todas las ratas deben morir”. Y así, con ese trueque léxico, se perdona todo. El muerto no es un hombre, sino un animal despreciable. Deja de ser una persona con familia, con pasado, parte de nuestra sociedad nos guste o no. Así de fácil y a través de una pantalla, los comentaristas de la nota se regocijan en la sangre de aquél que estaba condenado a muerte: porque en México está condenado a morir de plomo el que se niega a morir de hambre, porque en México nacimos en el patíbulo. Cuando no somos el público que vocifera y clama por la vida del otro, somos el que está  con la nuca saludando al verdugo.