Map of a Broken Friendship


Tengo una nueva obsesión con los mapas porque nos ayudan a encontrarnos. Antes pensaba que la cartografía se limitaba a instrucciones sencillas, como  ir de punto A a B en una ruta de Google Maps. En realidad no es así: un buen mapa nos ayuda a descubrirnos emocionalmente, como esta pieza que encontré de Yoko Ono:

En este mapa, la artista nos invita a intercambiar mapas con nuestros amigos. Pero ¿qué hay de los mapas que te dejan las amistades rotas? Es difícil detenerse a contemplar las imágenes que quedan de algo como un cariño que se se hace pedacitos de un momento a otro, incluso sin meter las manos, sin emitir palabra alguna.
Otras líneas llaman mi atención: “The map must be followed exactly, or the event has to be dropped altogether”. Y es que hay cosas que no podemos controlar aunque seamos los autores de una cartografía. Hay rutas que cambian, que de pronto se pavimentan de una amistad que parece irrompible, protegida por el paso del tiempo y a la que sólo le queda desaparecer, que debemos terminar y dejar ir.

En un mapa las líneas pueden desdibujarse: no es algo inmutable, su esencia misma es la variación. Y así vamos nosotros por nuestras vidas, trazando cartografías y moviendo obstáculos. Si tenemos suerte habrá un amigo al final del camino con quien compartir nuestro mapa.

Un breve comentario de The Human Stain: libro y película.

Leí The Human Stain de Philip Roth y es un libro que les recomiendo muchísimo. Si algún día me animo a escribir una novela, espero acercarme a la manera en la que Roth logró configurar a sus personajes, a quienes a lo largo de la lectura llegué a conocer íntimamente.

El personaje principal, Coleman Silk, logró que me cuestionara muchas cosas sobre lo que se puede considerar correcto o incorrecto, sobre las decisiones de vida y la caducidad humana. Él es un reconocido profesor que a las 71 años se ve obligado a dejar su vida académica al ser acusado, de una manera ridícula, de racista. A partir de ese momento, nuevas personas entran a su vida: cada una demostrando que no se puede vivir sin sentir dolor, un dolor subjetivo del cual nadie puede escapar. También nos encontramos con los recuerdos de la vida de Coleman: una serie de decisiones que matizaran su vida de manera profunda y permanente.

Después de leer la novela, me animé a ver la película. Me emocioné cuando vi que los protagonistas eran Anthony Hopkins, Nicole Kidman, Ed Harris y Gary Sinise. Me cuesta trabajo no ser dura con la película a pesar de que sé que es imposible meter todas las cualidades de la literatura en hora y media de filme. Sin embargo, creo que las historias de Coleman Silk, Faunia Farley, Nathan Zuckermann y Lester Farley no tienen sentido si no se les conoce profundamente.

Por ejemplo, hay una escena en particular, cuando Faunia habla con el cuervo, que en el libro es un momento de introspección y redención; en la película parece una mujer que raya en la esquizofrenia.

No soy de las personas que está peleada con las adaptaciones de libros al cine; incluso creo que hay películas que lo han hecho mejor que su predecesor de papel. Sin embargo, sí creo que hay piezas que han encontrado su forma absoluta en un libro y resulta imposible que su metamorfosis a imágenes logre lo que las palabras en el texto.

Pedagogía de los polis

Eran los primeros días en los que manejaba el coche más de dos cuadras. Como todos saben, la torpeza puede ser infinita cuando apenas se está domando a esa máquina de acero y aceite. Tenía todos los papeles en orden, pero había olvidado pegar la estampa donde viene el color y el número de placas. Creo que se llama engomado. Lo tenía muy bonito guardado en la guantera; ahí estaba almacenado ése color que determinará cuándo haremos filas en un verificentro, placebo de ecologismo, y cuándo, dentro de algunos años, tendremos que dejar descansar el coche durante un día a la semana y un sábado al mes. Por su puesto que ya son pocos los que llegan a ese momento.Se prefiere invertir en un coche nuevo, que sufir el lastre de un modelo caduco.
Manejé casi todo Reforma e hice una parada técnica en un 7 eleven de Polanco. Uno que está al costado de una glorieta de Campos Elíseos. Tenía que comprar cigarros para quitarme el susto del largo camino. Atrás de mí, se detuvo una patrulla y de ella salieron dos policías. Para las personas que viven en esta ciudad, la descripción sobra. Resulta que el engomado era necesario para que yo circulara por las calles de esta urbe. Cuando el policía me comentó esto, inmediatamente lo saqué de la guantera y le dije que la podía pegar en ese momento. Y luego, maldito desconocimiento de las leyes de tránsito, él aseguró que me tenía que llevar al corralón aunque pegara la dichosa estampa.
Siempre había temido el primero de esos encuentros, por los que todos los citadinos tenemos que pasar. Se ha creado toda una sabiduría en el imaginario colectivo de los capitalinos. Sabemos cómo funcionan los policías, aunque nunca nos haya detenido alguno. Sabemos cómo se ven, cómo hablan, cómo operan. Todo de oídas y resulta que cuando nos los topamos de frente es como tener un dejá vú.
“No, señorita. Pues, ¿cómo le vamos a hacer? Me la voy a tener que llevar al corralón”
-No mames, no mames, no mames…¿ahora qué hago?-
“No sé, joven…le juro que no sabía lo de la estampa. La puedo pegar ahorita”
“Uy no…la tenía que tener pegada desde hace mucho ¿Cómo le vamos a hacer?”
-¡Qué sutil pregunta! Como si hubiera más de una respuesta.-
Llegué a aceptar que me llevara al corralón, con todo el miedo que me daba ir hasta no sé qué parte de la ciudad acompañada sólo de dos policías. Porque han de saber todos que en esta ciudad le huimos a los uniformados. En una calle oscura, por la noche, cuando uno ve las luces de la torreta, siente miedo. Como si estuviera nadando en medio del Atlántico y de pronto se pudiera ver la aleta de un tiburón. Dan ganas de correr para esconderse. Seríamos capaces hasta de pedir auxilio a un desconocido con un arma apuntándonos a la cabeza con tal de ser salvados de los policías.
“Mire, señorita…el corralón está muy lejos ¿Por qué no me da para mi refresco y ya la dejamos ahí?”
– ¿Qué hago? Me han dicho que dejan ir a las mujeres cuando lloran… –
“¿Cómo cuánto es para su refresco? Creo que tengo como veinte pesos.”
– Lo que daría ahorita por ser actriz de telenovelas y que me saliera una méndiga lagrimita. –
“¿Veinte pesos? No, señorita. Eso no alcanza pa’nada”
– ¿Pues cuántos refrescos se va a atascar?-
“Pues es que no tengo dinero”
“Ya ve señorita…¿pues qué estudió que no tiene dinero?”
-Qué te importa-
“Letras, poli.”
– ¿Y esa sonrisa burlona, ¿qué?-
“No, pus con razón señorita. ¿ Por qué no estudió algo que sí sirva?…
– Ajá, ¿cómo tú, güey?
…Algo como, no sé, psss…administración o de esas carreras donde sí se gana.”
– Sólo me faltaba que este tipo me diera lecciones de educación-
“Mire señorita…tomando en cuenta su situación…la dejo ir con cincuenta”
-¿A qué se refiere con situación? Mínimo yo me pago mis propios refrescos-
Cuando uno rasca el cenicero del coche, los tapetes, las bolsitas de la bolsa donde se podría encontrar todo, una fácilmente puede conseguir treinta pesos extra.
“Aquí tiene, poli”
-Me caga que me tiemble la mano enfrente de este cabrón-
“ Y pues…pegue su estampa de una vez. Es más…pásemela y yo se la pego”
– ¡Qué amabilidad! –
Después de que pegara la dichosa estampa, no podía esperar para huir de ahí a toda velocidad. Ya ni los cigarros compré. Sólo alcancé a escuchar al policía gritar a lo lejos “¡…y considere lo de la estudiada…!”

La no-historia de Paul

Fui al cementerio de Père-Lachaise en busca de la tumba de Oscar Wilde. Cosa rara si se considera que no creo en una vida después de la muerte; pero hay algo que despierta una nostalgia casi feliz de ese lugar: un pan-teón en todo el sentido de la palabra.

Estaba con el mapa del cementerio en la mano, totalmente perdida en sus grandes dimensiones cuando se acercó a mí un hombre de unos 60 años. Un parisino que al parecer jamás había salido de su ciudad y que gustaba de pasar días enteros recorriendo la necrópolis. Me peguntó qué tumba buscaba y me dio a entender que estaba yo muy lejos de mi destino. Paul, así se llamaba el hombre, se ofreció a llevarme personalmente a la tumba del escritor. El camino fue algo largo y mientras platicábamos con mis dos palabras de francés y muchas señas, le pregunté si se trataba de algún guía de turistas que al final me cobraría muchos euros a cambio del recorrido. Él aseguró que no.

Llegamos a la tumba de Wilde, tomé muchas fotos, me emocioné y no me atreví a escribir sobre ésta algún mensaje de amor como los que la cubren enterita. Paul seguía ahí, esperando algo divertido al ver mi cara de felicidad. Luego se ofreció a llevarme a la tumba de Edith Piaf, que aseguró que estaba cerca, también vimos el último sepulcro de Modigliani, otra celebridad vecina.

En todo este tiempo platicamos o por lo menos eso intentamos. Le comenté de mi ciudad y él aseguró que con mucho gusto la visitaría si no fuera por una fobia terrible a los aviones. Le pregunté por la salida del cementerio y me guió hacia ella, no sin antes hacer una parada en un monumento que parecía especialmente interesante para él: una placa que conmemora a los muertos del vuelo A 330 de AirFrance, desaparecido en el año 2009. Después, salimos del cementerio y Paul fue tan amable de acompañarme hasta el metro.

Esa tarde, me pareció mucho más interesante haber conocido a Paul que la tumba de uno de mis escritores favoritos. ¿Por qué sabía de memoria la ubicación de todas las tumbas? ¿Por qué estaba dispuesto a dar un paseo a una desconocida? ¿Qué era para él tan especial de ese cementerio?

Por días enteros no podría dejar de imaginar la historia de aquel hombre. En mi mente, Paul había perdido a alguien en el avionazo del 2009 y por supuesto, esa persona debía estar enterrada ahí. Por eso se negaba a volar y prefería pasar todos sus días en la tierra y regresar a contemplar ese monumento, que debía ser el único recuerdo de un ser querido.

Ahora sé que es común entre los parisinos utilizar Père-Lachaise como un parque (o por lo menos eso dice Wikipedia), por lo que simplemente podría tratarse de un jubilado que iba a hacer el ejercicio diario al lugar más cercano a su casa. Pero, ¿dónde está el conflicto de ese personaje?