El fin de la metáfora

Las fisuras en la realidad empezaron a finales de febrero. Los lugares conocidos y la rutina se craquelaron de un día a otro y sus fragmentos flotan en el aire cual vapor que se difumina con cada parpadeo. El mundo terminó y decidí escribir para que algo nazca de las heridas.

Esta última oración invadió mi mente hace un par de semanas que tuve que ir al SAT. El mundo terminó, pero hay que seguir pagando impuestos. Regresé a casa caminando: eché a andar sobre Reforma, una avenida que he recorrido en auto y con el propio pie centenares de veces. La calle era la misma, los edificios siguen de pie, tal como estaban a principios de este año, la gente continúa andando sobre sus banquetas, pero la fractura en la realidad se palpa entre rostros cubiertos de tela y plásticos, entre puestos ambulantes con playeras que dicen “Pinche Covid”, en cómo corremos con pánico al otro lado de la banqueta si alguien se acerca demasiado.

Di vuelta sobre Insurgentes y mientras rodeaba la glorieta, pensé en todas esas veces en que el mundo había llegado a su fin. El mundo se acabó hace unos años en Aleppo, y en Líbano. Se acabó en Acteal, Atenco, Ayotzinapa y Tlatelolco. En la guardería ABC, Pasta de Conchos y Ciudad Universitaria. El mundo terminó de manera fulminante cuando, hace siglos, los de allá llegaron a masacrar a los de acá; cuando los de allá que nacieron acá prometieron con la independencia una mejor vida pero nunca cumplieron –sólo quedaron inmortalizados en la glorieta sobre la que yo caminaba; y cuando los de acá que todavía se sentían de allá volvieron a asesinar prometiendo que la gente del color de la tierra de acá por fin recibiría lo que es suyo, lo que se les quitó hace siglos. Siguieron sin cumplir. Acabó cuando un señor decidió que para rematar la venta de lo que quedaba de país necesitaba una guerra y quienes fuimos testigos, no hicimos más que mirar con terror, esperando no ser el siguiente daño colateral.

El fin del mundo ahora lo estamos viviendo a diario con un matiz distinto, aunque en México lo hemos visto por décadas a través de los noticieros filtrados. Hoy, se acaba para todas las familias que se quedan huecas, huérfanas, viudas, mancas de por vida.

El mundo también se acaba desde adentro.

A mí se me acabó el mundo en febrero en una agonía lenta, aunque no era la primera vez que sucedía: ésa fue de niña, cuando me di cuenta de que yo no cabía dentro del mundo porque para existir en este planeta, una persona debía ser bella y yo, desde muy pequeña, supe que no lo era. Tengo algunos recuerdos de cuando estaba en preescolar y la mayoría son de mí misma tratando de comprender esa categoría abstracta y a la vez tan palpable que es la belleza. Aprendí que había personas que la poseían y otras que no. Recuerdo el dolor de asumir mi propia fealdad y pensar que algún día me lo podría sacudir. Tres décadas después –con mucha más información y sabiendo que no debemos defender nuestro derecho a existir, que la belleza es subjetiva y curada por el ojo blanco y occidental– sigo sin sanar, sin poder reconciliarme conmigo misma. Creo que en la infancia el mundo se acaba continuamente.

Mi mundo se cayó después varias veces, como cuando murió mi papá, y generalmente, vino acompañado de episodios depresivos que no pude nombrar porque no sabía cómo. Sólo hasta hace pocos años comprendí lo que me pasaba y comencé a luchar contra ello. Pero a veces el mundo se acaba y es difícil dar la batalla.

El mundo se me acabó de nuevo en febrero, como si me quitaran el piso. Aprendí que una pandemia afecta al mundo, pero no deja de ser personal. Más o menos en abril, mi depresión volvió a niveles en los que no estaba desde que, en el postparto, me parecía normal hacer cuentas para irme a morir a Suiza. Los pensamientos intrusivos y la irracionalidad se volvieron a apoderar de mí, aunque ahora tenía más herramientas para salir adelante.

Justo cuando salía a flote, algo me tumbaba de nuevo. Traté de alejarme de redes, pero una no puede evitar toparse con las personas que resumen el peor estado de las cosas. Me tumbaban de nuevo a base de datos interpretados desde una subjetividad aterradora y me costaba semanas volverme a levantar. Todavía hoy siento cómo, si no hago un esfuerzo sobrehumano por mantener la calma, se acelera mi corazón y mis manos tiemblan, alertando que mi mundo va de nuevo en picada.

No todas las personas hemos vivido la misma pandemia. Yo no he visto mi mundo colapsar porque alguien muera de covid y cuando lo digo, siento que estoy retando a la fortuna: otro pensamiento irracional que me hunde si no tengo cuidado. Con esto, no quiero decir que no me duelan las muertes ajenas. Esos mundos que terminan laceran y marcan la existencia de quienes sobrevivimos.

Hace años, mi ansiedad alcanzó niveles insospechados y comencé a tener agorafobia. Fue la época cuando en oleadas comenzamos a dimensionar al fin del mundo que Calderón había aventado encima nuestro. Tomó muchas sesiones de terapia y sigue requiriendo un trabajo constante poder salir de noche (cuando el mundo aún existía allá afuera), viajar en carretera, no sentir que muero cuando, en el tránsito, pasa una moto junto a mi ventanilla. Prefería estar en casa donde me sentía segura. Ahora me pregunto qué pasa con mi ansiedad y mi agorafobia cuando hay datos pandémicos que la respaldan. También estaba justificada hace unos años, pero me hice la promesa de no dejarme dominar por el miedo. ¿Y ahora? ¿Cómo mantengo mi propia promesa?

No todas las personas hemos vivido la misma pandemia y es algo que me ha costado trabajo aceptar. He tenido momentos en los que le reclamo a mi mamá que salga al súper, o que pienso que mi hermana está siendo muy laxa con sus medidas de seguridad. Luego me recuerdo a mí misma que yo no estoy viviendo su pandemia. Yo no estoy, por ejemplo, sola en una casa todo el día ni tengo una hija adolescente con la hormona al tope y la salud mental frágil. Entonces me pregunto ¿cuántas violencias hemos justificado en nombre del cariño? ¿A cuántas personas queremos librar de agencia y meterlas a fuerza a vivir nuestra pandemia? Vimos atisbos de esto en la lejanía, cuando aún no se cerraba todo y la gente pedía a gritos al ejército en la calle, sin importarles que otras personas murieran de hambre dentro de cuatro paredes. De hecho, llevamos todo este siglo justificando la violencia en México desatada en “nombre de la seguridad”. Nos repetimos que es por amor al país: no lo es. Ahora le cambiamos el nombre al enemigo y podemos verlo en el léxico bélico que se usa para hablar del virus. De pronto, toda violencia queda justificada.


Para que mi mundo no se acabe, me niego a aceptar esto.

Dentro de nuestros pequeños fines del mundo he notado algunas constantes. La que más llama mi atención es que tenemos la necesidad de escondernos. Me llegan fotos de una “nueva normalidad” en mensajes privados de personas que temen colgarlas en las redes. Yo misma las mando sólo en mensajes personales. Tenemos miedo al escarnio. Entonces pienso que tal vez el mundo no se acabó: quizá estamos todas escondidas.

Mi mundo se acabó en febrero, en abril y en mayo. Después, pude retomar un poco el control de mi mente, pero la amenaza de hundirme por completo sigue ahí y me pregunto cuándo se irá. ¿Cuándo se acaba el miedo? ¿Con la vacuna? ¿Una vez que todo mundo se haya enfermado, si es que hay inmunidad? ¿Nunca? Son las mismas preguntas que me hacía hace unos años, cuando pensaba que no quería volver a salir de mi casa. Me imaginaba que iría tranquilamente de paseo por las carreteras del país cuando Calderón no fuera presidente. No tuve muchas esperanzas con Peña y ahora, tampoco lo veo claro: sigo esperando por esa tranquilidad que nunca llegará. Sé que como una mujer de 35 años en México, el miedo a la violencia y no al virus es lo que me debería mantener en casa, pero me prometí que ellos no ganarían. ¿Cómo cumplo mis promesas?

¿Cómo cumplimos nuestras promesas las feministas que maternamos en pandemia? ¿Cómo justificamos nuestra renuncia a la vida laboral para dar predilección a la crianza porque no hay escuelas? ¿Cómo retomamos el espacio público si ya no sólo está tomado por la violencia patriarcal sino que ahora se suma la amenaza de un virus? ¿Cómo conciliamos con todo lo que hemos tenido que ceder en esta pandemia?

El mundo se está acabando y las series del espacio nuevamente inundan la televisión. Adán y yo hemos visto varias durante la duración de la pandemia. En la ficción, el fin del mundo tiene una solución: otro planeta. La Tierra es sólo otro artículo desechable, como nuestro teléfono, nuestros platos y nuestra ropa. Al principio de la pandemia, compartí por facebook un meme que decía algo como “Ojalá el calentamiento global contratara a la misma agencia de relaciones públicas que el covid”. Lo sigo pensando. La crisis ecológica ya ha cobrado vidas, ya hay una cantidad enorme de personas desplazadas. Hay un número de años contado para la vida tal como la conocemos en la Tierra. Sólo hay un gran problema: las personas que serán más afectadas aún no tienen una voz o, al menos, una que nos interese realmente escuchar. Me pregunto si las generaciones más adultas confían ciegamente en la ficción y piensan que encontraremos otro planeta o simplemente no les importa. Quizá sean ambas. Me pregunto si entienden que el miedo que tienen al virus es el que Elián, a sus tres años, va a sufrir en cuanto comprenda lo que está pasando en su planeta.

Mi mundo se ha terminado muchas veces, pero hoy me concentro en que no sea así para Elían. Diario intento romper ciclos del pasado y mantener su realidad sin fracturas el mayor tiempo que sea posible. También creo que para él, el fin del mundo dejará de ser una metáfora y se convertirá en algo palpable. Lo sentirá con la sed, con el calor, quizá mientras huye de lo que sea su hogar para encontrar una zona más habitable. Su fin del mundo quemará más que el nuestro.

Las fisuras en la realidad nos están tragando y llevamos décadas tratando de ignorarlas. Aquí, allá, acullá. Cada quien vive su propia pandemia y sus propios fines del mundo. En este texto intento resumir algunos de los míos, aunque sean una colección de pensamientos desordenados, fracturados por punzadas de dolor que van y vienen.

El fin del mundo flota encima de mí todo el tiempo y a veces las palabras ayudan a mantenerlo lejano, con suerte, casi imperceptible.

1787

No recuerdo el momento exacto en el que me reconocí a mí misma dentro de la pandemia. Recuerdo, claro, que empezó el año. De pronto, me es imposible trazar una línea recta en la memoria y me es imposible recapitular con detalle algún momento previo al confinamiento. ¿Fue aquéllo este año? o ¿fue lo otro hace apenas unos meses? El tiempo se expande y contrae. Se convierte en otro estado de la materia.

El tiempo, qué concepto. Los relojes son, por excelencia, un memento mori, un recuerdo de que nuestra estancia en este mundo tiene las horas contadas. Los relojes y los espejos no son amigos. No nos gusta enfrentarlos, porque si se encaran, no veremos el infinito que nace del encuentro de dos reflejos, sino nuestro propio fin: otro tipo de laberinto.

Tampoco puedo señalar con exactitud cuando comencé a sentirme totalmente perdida en este laberinto, aunque sé que el tiempo anterior a todo lo que se le pueda llamar presente se percibe en la memoria como la primera subida de una montaña rusa, con su traca, traca, y el cielo viendo a la cara. Y tal como a Mersault, tejido por Camus con tanto cuidado, el sol me deslumbra y me impide ver qué hay al final de la cuesta. Este presente, que no sé cuándo comenzó, es la cima de la montaña rusa: el instante cuando el corazón se pausa y nos preparamos para la caída libre y enfrentamos, por muy remota que sea, la posibilidad de nuestro final. Es otro memento mori .

Existe un retrato de María Antonieta con sus hijas e hijo. En éste, hay un moisés vacío que, de primer vistazo, parece ser del bebé que la reina sostiene en sus rodillas. Lo cierto es que la más joven de sus hijas murió en el proceso en el que se estaba terminando la pintura y fue borrada de su lecho. Cuando escuché esta historia, una punzada de dolor subió por mi pecho: memento mori inmortalizado en el silencio de esa cuna. Y ése –pensé–  es sólo uno de los tantos instantes de desconsuelo que han existido, de entre los millones que han poblado y poblarán nuestra humanidad. Y hoy, parece que todos esos momentos se desdibujan entre sí porque una pena se sobrepone a la otra hasta que dejamos de percibirlas. Hoy, habitamos un mundo de ausencias. 

Me parece que no existe una persona que no haya tenido una “pintura” en proceso cuando comenzó este año: una imagen de lo que serían los meses venideros que quedó anulada en un momento incierto y quizá, estamos todas perdidas dando de tumbos contra las paredes del laberinto –buscando eso que nos quitaron– sin darnos cuenta de que hace mucho perdimos el hilo de Ariadna. 

Esta es la parte del texto donde podría escribir algo como “pero nos tenemos unas a otras”, “hay un futuro donde está la luz”, “la solidaridad no tiene mejor nutriente que las tragedias”, “hemos aprendido tanto de la crisis”, pero no me atrevo a teclear esas imágenes con el sol todavía cegándome. No sé qué hay en el descenso de este laberinto y me es imposible imaginar un futuro en el que el tiempo funcione con una velocidad cotidiana. Tampoco creo que el reloj retome su ritmo cuando todo esto pase: ni siquiera sé si es lo que debería desear. Tal vez eso que se rompió dentro de nuestra noción de normalidad sea un memento vivere y deberíamos aferrarnos a él con todas nuestras fuerzas. 

Mientras tanto, en este paréntesis perpetuo, sólo puedo imaginar una pintura: en el fondo de ella se dibuja un reloj con las manecillas inservibles. Hay, además, personas paradas frente al espejo, pasmadas, como observando una cuna vacía cuyo significado no terminan de comprender. En otra esquina del cuadro, unas tantas gritan que encontraron de nuevo el ovillo que nos guiará a la salida y otras vociferan que ya mataron al Minotauro. 

Y entre tanto bullicio, me veo ahí, esbozada en el fondo, intentando recordar cualquier ayer. 

 

La herida que sí ves

Dicen que ahora a la gente no le va a importar la lucha feminista porque vandalizaron monumentos, coches, ventanas. Lo cierto es que esas mismas personas, en los años que se llevan luchando, no han puesto atención.

Poco les importa que maten a 9 mujeres al día en México. Lo ven como un número, si a caso sale de su boca un lastimero “ay, qué mala onda”. Mucho menos les interesa escuchar que esas mujeres probablemente fueron asesinadas por un hombre que conocían, una pareja sentimental. Tampoco les importa que el hogar es un lugar peligroso para una mujer en México: la mayoría de las niñas son violadas por un familiar cercano en la “seguridad” de su casa.

Los temas del feminicido, del aborto, de los derechos de la mujer en general, se guardan en las reuniones porque “es de mal gusto” incomodar. No se hablan en el trabajo. No se hablan en las escuelas. No se hablan. Parecen incapaces de sentir compasión por una persona, entonces que la sientan por las paredes.

Hoy,  por lo menos volteaste a ver, aunque fuera una pared pintada. Espero que una parte de ti sí haya notado la furia de las que luchan por vivir sin miedo. Por vivir.

El cuerpo de la ciudad queda marcado como una extensión de los miles de cuerpos violentados de las mujeres, para que ahora sí lo veas, para que no voltees al otro lado. Esas cosas quemadas, pintarrajeadas, rotas, son un reflejo. Es la humanidad destrozada de la que te niegas a hablar con tal de “no incomodar”. Es la cicatriz expuesta que se abre una y otra vez y que a ti no te inmuta.

Vela, muy de cerca y muy bien. Porque si te indignas por las heridas de esas cosas al grado de humanizarlas diciendo “qué culpa tienen las paredes”, debes saber que la respuesta es “ninguna”. La culpa la tienes tú, que te haces de la vista gorda cuando acosan a una mujer frente a ti, que te ríes cuando tu amigo te manda “chistes” misóginos al whatsapp, que  culpas a la víctima cuando la violan, que llamas feminazis a las que piden derechos, que no te interesa la justicia, que violas, que matas.

Si todo arde, si todo se destroza, es porque autoridades y sociedad cómplice niegan la justicia cada día. Es porque se nos ha secado la boca y se nos secará el cuerpo reclamando nuestros derechos. Esas paredes pintadas se han vuelto aliadas en la lucha porque al menos de ellas sí hablas.

Al menos esa herida sí la volteas a ver.

Imagen de la Victoria Alada de la Ciudad de México. (Fotografía tomada de la página de Facebook “Restauradoras con Glitter”)

 

 

De este lado

Se llamó Valeria y su vida quedó a orillas del Río Bravo. Su papá, Óscar,  la debió agarrar tan fuerte que sus cuerpos quedaron como amarrados por la playera que traía puesta. Ella aún no conocía lo que eran el peligro, las fronteras, las guerras o el nacionalismo. Sólo sabía que del otro lado del agua estaban mamá y papá y los quería alcanzar.

Veo los zapatos  de Valeria que estaban tan bien puestos que aguantaron la corriente. Los mismos con los que recorrió todo México huyendo de su tierra. Me imagino el terror de la madre al ver que la niña brincaba a las fauces del río. Cuánto dolor del que estaba huyendo y al que se fue a encontrar.

Luego, estamos lxs demás de este lado de una frontera  que no tiene que ver con la geografía, sino con el privilegio. Cómo intentamos justificar lo que nuestros ojos ven desde un monitor. Que sí es culpa del presidente de acá, allá o acullá, que si los padres eran irresponsables, que si huían de la tragedia… tecleamos esto viendo la foto desde arriba, lejana, como si fuéramos intocables.

Me duele la foto  y me pregunto si tengo derecho a sentir ese dolor, si tenemos derecho a seguir con las manos y consciencia limpias. Porque estamos aquí, de este lado de la frontera mientras otros seres humanos están viviendo el fin del mundo. 

El calor de la caja: de la soledad y los duelos

Cuando murió mi papá, recuerdo que sentí una tristeza infinita, un estado de shock, pero en mi memoria  lo más doloroso fue que cuando nos dieron sus cenizas y la caja seguía caliente. Hasta ese momento relacionaba  el calor con un cuerpo que contiene un corazón que palpita o con un abrazo.

En el calor de esa caja estaba la soledad de la muerte y también esa con la que vivimos todos los días. Curioso, siempre había pensando en el desamparo como algo frío, pero ese fuego toca mis manos cada vez que me siento triste, cuando el corazón pesa. Me hace sentir pequeña ante situaciones que me superan, como reconocer cuando una amistad muere en un largo y caliente suspiro.

He pensado mucho sobre los duelos que no vienen de la muerte, sino del abandono de personas cercanas, que por más necesarios que sean, siempre arderan en nuestra memoria. Mi mente se encuentra en una constante batalla cuestionando las decisiones tomadas y si vale o no la pena perseguir a la gente que solíamos querer. “¿Por qué no estar en la compañía de esas personas que alguna vez llamamos amigas?” dice una parte de mí. “Porque en su presencia, la soledad es más grande”, me recuerda la otra.

Todxs somos al final cuerpos contenidos, como las cenizas recién quemadas de un humano en una vasija. Queremos dejar de sentir la soledad en la que llegamos y nos vamos de este mundo y lo que nos queda, entonces, es buscar otras personas que nos ayuden a sostener la caja caliente para la que la soledad no nos queme las manos.

Aire

La angustia insaciable es un sentimiento que la ha acompañado toda la vida. Se recuerda a sí misma los domingos por la noche, escuchando los ruidos de la azotea y pensando que probablemente eran esos hombres que salían en las noticias. Los otros. Los que robaban, los que sólo estaban cerca de las personas que no se podían proteger. Los lunes por las mañanas entraba de nuevo aire a sus pulmones cuando sonaba el despertador porque esos otros sólo actuaban de madrugada, cuando las personas dormían y ella los mantenía al margen con los ojos abiertos, vigilantes y la respiración en suspenso.

Pausa para respirar. El aire entra y sale. Lentamente.

Se recuerda, además, pensando en ese hombre del que le habían contado, el que lo miraba todo y nos manejaba a todos. No había entendido muy las clases de catecismo, pero esa idea -la de él-  también la paraliza por las noches. ¿Y si es ella es una marioneta? ¿Y si ese señor puede ver cuando tiene un mal pensamiento? Se visualizaba a sí misma como una muñeca inerte. Movía el brazo y pensaba, ¿esto también lo habrá decidido él?

Más adelante no hubo ningún “él” que le angustiara porque determinó que su existencia era imporible, pero en su lugar llegaron otros pobladores de la angustia. El futuro, por ejemplo, era tan falso como “él” e igual de tenebroso. Nunca dejó de pensar en esos Otros que algún día entrarían a robar a su casa, matarían a todos y se irían felices por la vida. Después, las personas en las calles, todas, se convirtieron en sospechoass de esa otredad. El porvenir la paraliza.

Siempre debe recordar mantener una respiración calmada. El aire entra, profundo. Llena los pulmones -con cuidado de no reventarlos- y luego sale, caliente, húmedo. No logra expulsar la ansiedad.

Recuerda la preocupación como algo con con lo que nació. Mamá le contó que casi muere desangrada en su parto, ese no planeado, no deseado. Tal vez ahí empezó su miedo porque su primera acción en vida fue un intento de asesinato y además elabora una teoría desde que puede hilar ideas: tal vez por eso mamá le pega. Quizá mamá le grita por toda esa sangre perdida que casi le cuesta la vida.

No puede arrastrar al presente ningún recuerdo sin la ansiedad. Cuando tenía 11 años, su peor miedo era que su mamá hiciera válida la promesa de regalar a su gato, ese que le causaba una alergia tremenda, que a veces la ahogaba y le hinchaba los ojos. La condición para no arrojarlo a la calle era que cada semana ella lo bañara. Así, con las manos de una niña, agarraba al gato y por puro amor se aguantaba los arañazos en la cara, en la espalda, la sangre que escurría por sus brazos. Recuerda esta advertencia de entre las muchas amenazas constantes de la mamá. Luego, duda de esos recuerdos por que la mamá los niega. “Estás loca”, le dice constantemente. Las hermanas confirman estas memorias y por lo menos tiene una angustia menos, en todo caso su mente aún no es caso perdido.

El aire se le atora con estos recuerdos. Llega entrecortado a la caja toráxica. Sale con lamentos.

Todo va a estar bien. Siempre se lo dicen y ella a veces se lo cree. La angustia a veces duerme, se queda sólo en los recuerdos, pero siempre está palpitando para salir los días menos esperados. El futuro es ese dios que ahora la maneja y en el que también quiere dejar de creer. Ya no sería atea sino algo más, algo cuyo nombre desconoce.

Voltea a ver a su hijo y piensa en que quizá  él no tenga los miedos a los pasos nocturnos, al titiritero omnipresente ni la sangre escurriendo por la espalda por los arañazos de un gato y que quizá eso haga que la infancia sea menos dolorosa.

Revisa también la tarea de sus alumnos, donde les pidió escribir una carta a sí mismos cuando eran pequeños. Todas dicen más o menos lo mismo: quiérete más, quiere a tus padres, todo estará bien. La infancia siempre duele, siempre angustia. La niñez es esa cicatriz por la que respiramos toda la vida.

El aire calma. Entra y sale del cuerpo recorriéndolo todo.

Le angustia pensar en todas las líneas temporales que se dividieron con cada decisión tomada, todas las vidas no vividas, todas las infancias posibles. Le aterra considerar que con cada teclazo, una decisión más ha desaparecido y el futuro ahora la oprime más de cerca. Le teme, por sobre todas las cosas, a escribir ciertos recuerdos en primera persona.

A veces se olvida de respirar por completo.

A veces escribe para poder respirar.

Aquí hay dragones

Mi solecito, desde muy pequeño, sintió curiosidad por el tatuaje que tengo al lado izquiero de mi pecho: “Hic Svnt Dracones”. Ahora, cuando le pregunto dónde está el corazón de mamá, inmediatamente busca sobre mi piel y posiciona la palma abierta de su mano sobre ese lugar.

“Aquí hay dragones” se utiliza para referirse a territorios inexplorados o peligrosos. En los mapas medievales, ponían serpientes marinas, leones u otras tantas criaturas, porque eso es aquello que no conocemos: el miedo perenne. La leyenda a la que me refiero en este texto, sin embargo, sólo aparece en el Globo de Hunt- Lenox, hecho en el siglo XVI. Así, todos esos seres qe habitan lo desonocido tomaron la forma de letras y se resumieron en seres mitológicos que echan fuego. Escribí esto sobre mi piel porque acepto lo desconocido como parte ineludible de nuestra humanidad y las zonas inexploradas son más grandes dentro de nuestro cuerpo que cualquier territorio en la Tierra: me encantaría que este hecho dejara de ser aterrador.

Pero mis dragones son grandes. Son los que alimentan mi ansiedad y depresión cada día. Me repiten que quizá el futuro será negro y que el pasado es la sombra de todas las equivocaciones que nunca me sacudiré. Son los dragones que me hacen notar cosas minúsculas alrededor, como que alguien antes daba “likes” a mis posts y ahora no, las personas que me ignoran activamente en grupos de whatsapp por algo que dije o hice. Me hacen cuestionar cada uno de los pasos recorridos y los que vienen. Esos dragones me inmovilizan.

Y es que el presente es el único estado del que podemos estar seguras -ya me salió lo Dalai Lama- pero es al mismo tiempo el resultado de los momentos ya vividos y en realidad, si sólo nos concentráramos en el ahora, habría poco lugar para tomar precausiones que, al menos en teoría, toda persona adulta debería tomar. Ahí esta de nuevo esa palabrota: adultez.

A pesar de mis treinta y tres años, existen días en los que me cuesta trabajo entender qué significa ser una adulta funcional. Otro dragón. Lucho por responder preguntas tan sencillas como “¿qué quieres ser cuándo seas grande?”. De pequeña, las réplicas eran sencillas: doctora, maestra, bombera. Ya en la adolescencia la cosa se va poniendo difíciles porque el monstruo de la adultez nos pisa los talones. Primero entré a estudiar derecho, luego diseño y terminé en lo que en realidad siempre me apasionó: las letras. Sí, una decisión atrevida que aún no sé su una adulta tomaría, sobre todo en un país como el nuestro. Aquí estoy hoy, en mi presente, todavía en el camino de las letras, pero sigue sin ser una ruta bien pavimentada. ¿Algún día lo es? Mis dragones hoy me recuerdan que elegí un camino difícil, en el que he tenido el privilegio de andar por contar on otros trabajos que también disfruto y que son más de “adulta”, pero que no son eso que yo quería ser cuando fuera grande.

Hay una canción de Amanda Palmer que me acompaña en estos momentos. Se titula In My Mind y habla de cómo vamos por la vida fugurándonos a esa persona en la que en algún día nos convertiremos sin detenernos a pensar si eso es realmente lo que seguimos deseando. La línea final canta algo así como I am exactly the person that I want to be. Amo ese remate, tan simple, incluso esperanzador. Lo repito a mí misma hasta el cansancio, pero mis dragones me dicen que no es cierto. Aún no soy esa persona.

Yo no inventé las crisis existenciales ni creo tener la exclusividad sobre ellas. Lo cierto es que nos han enseñado a tenerlas bien guardaditas. Muchos días, cuando camino por la ciudad, me pregunto cuántas de esas personas tendrán los mismos dragones dentro, cuántos oficinistas en realidad querrían estar haciendo arte, escribiendo, siendo futbolistas. Mi teoría es que la gran mayoría, de ser posible, serían una persona adulta diferente a la que son hoy en día.

Entre mis múltiples actividades también doy clases a adolescentes que están en el primer semestre de la universidad. A veces me veo en ellas, con todas esas ganas de callar al dragón que llevan dentro y a veces hasta lo logran. Me gustaría que no lo hicieran, porque creo que es efectivamente en esa edad cuando nos hacen creer que nuestra voz interna debe ser acallada por no tener valor, por ser una voz “inmadura”, “precoz”. No es secreto que la juventud en nuestro país es violentada constantemente. Si no lo han hecho, fíjense en los museos o incluso centros comerciales: siempre hay una mirada perforante detrás de las personas jóvenes -no vaya a ser que su dragón se salga de control.

Cuando pienso esto, le doy permiso a mis dragones de seguir gritando y muchos días me propongo a liberarlos por completo. Las quimeras de nuestra mente quizá no deberían ser motivo de ansiedad ni depresión porque quizá el pasado sí debe tener un lugar constante en nuestra mente, así como el futuro las infinitas posibilidades que alguna vez soñamos.

Propablemente algún día pueda responder con certeza qué es lo que quiero ser cuando sea grande: tal vez la respuesta siempre ha sido “un dragón”.

X

Hace unos meses aprendí que la resistencia Maori, en Nueva Zelanda, utiliza la X como estandarte porque así hicieron firmar a sus líderes, hace más de un siglo, tratados engañosos donde renunciaron a su tierra. Por esto, hicieron de la  equis una apropiación de la identidad borrada por la invasión inglesa: no puedo evitar relacionarla con la X que tanto molesta en el lenguaje inclusivo de nuestro idioma. 

La equis es la incógnita en la fórmula, marca el lugar del tesoro en los mapas, es el 10 romano, la limitante cuestionada de los genes XX.  Es un beso tecleado e infinitas cosas más. Y para nosotrxs es un lugar donde podemos posicionar identidades que no caben en el lenguaje binario. 

La equis multiplica, así lo hace con nuestras identidades que se niegan a ser lanzadas a la oscuridad. La equis enoja, da rabia, hasta ofende a quienes no se ponen en el lugar de la otredad, el lado opuesto de la fórmula. 

Entre burlas y rabietas, reniegan de la equis como si fuera su identidad la que queda anulada al usarla. Salen puristas de la lengua a aullar por su uso mientras cometen cientos de traspiés lingüísticos- la equis aquí, también es ironía. 

 La equis marca los lugares prohibidos: no pasar. Y con nuestra X lo que les decimos es que, en efecto, no pasarán. Su odio necio no impedirá que hagamos nuestra la lengua, que cuestionemos la normatividad, que nos posicionemos en el mapa. 

La lengua, las calles y la equis son nuestras.

X 

Soledad elegida

¿Estoy mal por sacar a personas de mi vida? No sé si sea una pregunta que las personas se hagan usualmente y quizá es mi mal hábito de pensar, pensar y pensar en absolutamente todo.

Si leen cualquier investigación sobre historia de la locura en mujeres, notarán que generalmente las excluidas somos nosotras, las locas, las feministas, la que levantamos la voz. ¿Será que decir yo te rechazo antes de que tú lo hagas es un mecanismo de defensa?

He sido abierta en cuanto a temas de salud mental y deseo seguir por ese camino. Hoy he pensado sobre la “soledad elegida” de quienes nos damos cuenta de que debemos priorizar las vivencias y personas cercanas que nos hacen bien. No sé si era igual de difícil antes de las redes sociales, pero hoy se siente casi imposible optar por esa soledad sana.

Las relaciones tóxicas son un tema tan común que a principio de año se convirtieron en un meme. Hay montones de artículos, hashtags, infografías y a veces pareciera que debemos recortar al noventa por ciento de nuestrxs conocidxs: en la época de burbujas ideológicas en la que vivimos, eso también parece peligroso.

Tlahuelilpan. Este fin de semana se agregó una tragedia más a la larga lista de horrores mexicanos. Y yo, desde mi burbuja, seguí teniendo contacto con personas que no tuvieron vergüenza al decir que extrañaban a Peña (sí, el de cientos miles de muertxs, el de las fosas, casa blanca, Atenco) y que incluso hicieron paralelismos con la Guardería ABC o Ayotzinapa. Vi la apropiación de un reclamo de justicia para la defensa del privilegio. Es entonces cuando me pregunto de qué sirve romper nuestra burbuja tratando de entender una otredad que jamás se ha preocupado por salir de su propio mundo pequeño y privilegiado. O incluso me pregunto si yo estoy incapacitada para comprender esos razonamientos, si hay algo en mí que está mal o que falta para poder comprender.

Hoy por hoy elijo una soledad que pocas personas están invitadas a compartir. Sí, tengo dudas –constantes– pero me parece que es necesario para poder sobrevivir, sanar todo lo que necesito y lidiar con la batalla diaria de la ansiedad y la depresión. Sé que allá afuera hay personas más fuertes que podrán dar la batalla que yo ya no puedo, que seguirán dialogando –o intentando, hasta topar con pared. Por lo menos, eso espero.

¿Me quieren contar sobre sus soledades elegidas para hacernos compañía en este barquito?

Silencio

Traigo un texto atravesado, que no escribiré hoy, pero que no deja de dar vueltas en mi cabeza. Es sobre la infancia, mi infancia, las personas con las que vamos coincidiendo en el camino y que nos destruyen o construyen –según sea el caso. Quizá no es hoy el día para escribirlo porque estoy muy ocupada con la tesis, quizá porque aún no se dejan ver las palabras correctas, quizá porque es algo que nunca podré sacar y se quedará como una ancla que me clavará al suelo el resto de mi vida.

Luego pienso que no es sólo el texto resbaladizo el que traigo atravezado sino un exceso de emociones que a veces cuesta trabajo controlar. Hoy recibí una terrible noticia,  a la que no estoy directamente relacionada– o sí, deberíamos estar todxs  relacionados con el sufrimiento de quien nos rodea– pero que me ha pesado en el pecho desde la mañana. Una bebé de dos años murió por negligencia médica y la rabia, tristeza e impotencia que vi en su tía, quien trabaja conmigo, quien es también mi amiga, es algo que no puedo sacudirme del cuerpo. Después de recibir la noticia nos abrazamos las dos llorando en la cocina, como imagino que muchas mujeres se abrazan en este país esperando a sus personas desaparecidas, como creo que miles se acompañan con los “daños colaterales” de esta guerra sin sentido.

Pensé todo el día en las madres y padres de la Guardería ABC, que llevan diez años en este abrazo y a quienes hemos abandondado. Recordé las fotos liberadas por la PGR donde expusieron ropa encontrada en las fosas para que los familiares pudieran reconocer algo, lo que fuera, y que dentro de esas imágenes también había ropa de bebés. Llevo todo el día reflexionando en cómo la infancia en este país es precaria, ignorada, maltratada y que lo que  la mayoría de esos niños y niñas tienen por delante es una juventud perseguida por ser incómoda, por no poderse callar, por darse el permiso de sentir.

Hoy, con el texto atorado de mi propia niñez, pienso en todas aquellas infancias que no fueron y que no serán. Las vidas que pasan desapercibidas por su brevedad, porque seguimos pensando que los bebés no sienten dolor, creemos lxs niñxs manipulan, exageran y sólo hablan de cosas aburridas y estamos segurxs de que las personas adolescentes no tienen nada de relevancia que aportar –cuando es todo lo contrario.

Cuando escriba ese texto que traigo encajado, comenzaré redactando algo así como “me hubiera gustado recordar mi infancia con una sonrisa”. Luego borraré la frase porque a pesar de ser cierta, suena de lo más ridícula. Entonces quizá teclearé algo más profundo, una sensación que llegue desde la entraña que en este momento es impronunciable, pero que espero que algún día pueda yo escribir y ustedes leer.

Hoy, dejo sólo este texto por aquí. Pensando en la familia de Alondra y en lo fría que se debe sentir esta noche, la rabia que sentirán cuando salga el sol mañana y la justicia no haya llegado –porque no hay justicia que alcance para una pérdida tan grande. Me quedaré aquí esperando a poder dar otro abrazo fuerte a Marlen y asegurarle que el tiempo hará que el dolor sea menos. Tal vez sea una mentira y tal vez ella lo sepa, así que quizá el silencio sea lo único que alcance.

Supongo que por eso mi texto no se deja ver, porque por el momento, esas vivencias y emociones sólo caben en el silencio.