La herida que sí ves

Dicen que ahora a la gente no le va a importar la lucha feminista porque vandalizaron monumentos, coches, ventanas. Lo cierto es que esas mismas personas, en los años que se llevan luchando, no han puesto atención.

Poco les importa que maten a 9 mujeres al día en México. Lo ven como un número, si a caso sale de su boca un lastimero “ay, qué mala onda”. Mucho menos les interesa escuchar que esas mujeres probablemente fueron asesinadas por un hombre que conocían, una pareja sentimental. Tampoco les importa que el hogar es un lugar peligroso para una mujer en México: la mayoría de las niñas son violadas por un familiar cercano en la “seguridad” de su casa.

Los temas del feminicido, del aborto, de los derechos de la mujer en general, se guardan en las reuniones porque “es de mal gusto” incomodar. No se hablan en el trabajo. No se hablan en las escuelas. No se hablan. Parecen incapaces de sentir compasión por una persona, entonces que la sientan por las paredes.

Hoy,  por lo menos volteaste a ver, aunque fuera una pared pintada. Espero que una parte de ti sí haya notado la furia de las que luchan por vivir sin miedo. Por vivir.

El cuerpo de la ciudad queda marcado como una extensión de los miles de cuerpos violentados de las mujeres, para que ahora sí lo veas, para que no voltees al otro lado. Esas cosas quemadas, pintarrajeadas, rotas, son un reflejo. Es la humanidad destrozada de la que te niegas a hablar con tal de “no incomodar”. Es la cicatriz expuesta que se abre una y otra vez y que a ti no te inmuta.

Vela, muy de cerca y muy bien. Porque si te indignas por las heridas de esas cosas al grado de humanizarlas diciendo “qué culpa tienen las paredes”, debes saber que la respuesta es “ninguna”. La culpa la tienes tú, que te haces de la vista gorda cuando acosan a una mujer frente a ti, que te ríes cuando tu amigo te manda “chistes” misóginos al whatsapp, que  culpas a la víctima cuando la violan, que llamas feminazis a las que piden derechos, que no te interesa la justicia, que violas, que matas.

Si todo arde, si todo se destroza, es porque autoridades y sociedad cómplice niegan la justicia cada día. Es porque se nos ha secado la boca y se nos secará el cuerpo reclamando nuestros derechos. Esas paredes pintadas se han vuelto aliadas en la lucha porque al menos de ellas sí hablas.

Al menos esa herida sí la volteas a ver.

Imagen de la Victoria Alada de la Ciudad de México. (Fotografía tomada de la página de Facebook “Restauradoras con Glitter”)

 

 

De este lado

Se llamó Valeria y su vida quedó a orillas del Río Bravo. Su papá, Óscar,  la debió agarrar tan fuerte que sus cuerpos quedaron como amarrados por la playera que traía puesta. Ella aún no conocía lo que eran el peligro, las fronteras, las guerras o el nacionalismo. Sólo sabía que del otro lado del agua estaban mamá y papá y los quería alcanzar.

Veo los zapatos  de Valeria que estaban tan bien puestos que aguantaron la corriente. Los mismos con los que recorrió todo México huyendo de su tierra. Me imagino el terror de la madre al ver que la niña brincaba a las fauces del río. Cuánto dolor del que estaba huyendo y al que se fue a encontrar.

Luego, estamos lxs demás de este lado de una frontera  que no tiene que ver con la geografía, sino con el privilegio. Cómo intentamos justificar lo que nuestros ojos ven desde un monitor. Que sí es culpa del presidente de acá, allá o acullá, que si los padres eran irresponsables, que si huían de la tragedia… tecleamos esto viendo la foto desde arriba, lejana, como si fuéramos intocables.

Me duele la foto  y me pregunto si tengo derecho a sentir ese dolor, si tenemos derecho a seguir con las manos y consciencia limpias. Porque estamos aquí, de este lado de la frontera mientras otros seres humanos están viviendo el fin del mundo. 

El calor de la caja: de la soledad y los duelos

Cuando murió mi papá, recuerdo que sentí una tristeza infinita, un estado de shock, pero en mi memoria  lo más doloroso fue que cuando nos dieron sus cenizas y la caja seguía caliente. Hasta ese momento relacionaba  el calor con un cuerpo que contiene un corazón que palpita o con un abrazo.

En el calor de esa caja estaba la soledad de la muerte y también esa con la que vivimos todos los días. Curioso, siempre había pensando en el desamparo como algo frío, pero ese fuego toca mis manos cada vez que me siento triste, cuando el corazón pesa. Me hace sentir pequeña ante situaciones que me superan, como reconocer cuando una amistad muere en un largo y caliente suspiro.

He pensado mucho sobre los duelos que no vienen de la muerte, sino del abandono de personas cercanas, que por más necesarios que sean, siempre arderan en nuestra memoria. Mi mente se encuentra en una constante batalla cuestionando las decisiones tomadas y si vale o no la pena perseguir a la gente que solíamos querer. “¿Por qué no estar en la compañía de esas personas que alguna vez llamamos amigas?” dice una parte de mí. “Porque en su presencia, la soledad es más grande”, me recuerda la otra.

Todxs somos al final cuerpos contenidos, como las cenizas recién quemadas de un humano en una vasija. Queremos dejar de sentir la soledad en la que llegamos y nos vamos de este mundo y lo que nos queda, entonces, es buscar otras personas que nos ayuden a sostener la caja caliente para la que la soledad no nos queme las manos.

Aire

La angustia insaciable es un sentimiento que la ha acompañado toda la vida. Se recuerda a sí misma los domingos por la noche, escuchando los ruidos de la azotea y pensando que probablemente eran esos hombres que salían en las noticias. Los otros. Los que robaban, los que sólo estaban cerca de las personas que no se podían proteger. Los lunes por las mañanas entraba de nuevo aire a sus pulmones cuando sonaba el despertador porque esos otros sólo actuaban de madrugada, cuando las personas dormían y ella los mantenía al margen con los ojos abiertos, vigilantes y la respiración en suspenso.

Pausa para respirar. El aire entra y sale. Lentamente.

Se recuerda, además, pensando en ese hombre del que le habían contado, el que lo miraba todo y nos manejaba a todos. No había entendido muy las clases de catecismo, pero esa idea -la de él-  también la paraliza por las noches. ¿Y si es ella es una marioneta? ¿Y si ese señor puede ver cuando tiene un mal pensamiento? Se visualizaba a sí misma como una muñeca inerte. Movía el brazo y pensaba, ¿esto también lo habrá decidido él?

Más adelante no hubo ningún “él” que le angustiara porque determinó que su existencia era imporible, pero en su lugar llegaron otros pobladores de la angustia. El futuro, por ejemplo, era tan falso como “él” e igual de tenebroso. Nunca dejó de pensar en esos Otros que algún día entrarían a robar a su casa, matarían a todos y se irían felices por la vida. Después, las personas en las calles, todas, se convirtieron en sospechoass de esa otredad. El porvenir la paraliza.

Siempre debe recordar mantener una respiración calmada. El aire entra, profundo. Llena los pulmones -con cuidado de no reventarlos- y luego sale, caliente, húmedo. No logra expulsar la ansiedad.

Recuerda la preocupación como algo con con lo que nació. Mamá le contó que casi muere desangrada en su parto, ese no planeado, no deseado. Tal vez ahí empezó su miedo porque su primera acción en vida fue un intento de asesinato y además elabora una teoría desde que puede hilar ideas: tal vez por eso mamá le pega. Quizá mamá le grita por toda esa sangre perdida que casi le cuesta la vida.

No puede arrastrar al presente ningún recuerdo sin la ansiedad. Cuando tenía 11 años, su peor miedo era que su mamá hiciera válida la promesa de regalar a su gato, ese que le causaba una alergia tremenda, que a veces la ahogaba y le hinchaba los ojos. La condición para no arrojarlo a la calle era que cada semana ella lo bañara. Así, con las manos de una niña, agarraba al gato y por puro amor se aguantaba los arañazos en la cara, en la espalda, la sangre que escurría por sus brazos. Recuerda esta advertencia de entre las muchas amenazas constantes de la mamá. Luego, duda de esos recuerdos por que la mamá los niega. “Estás loca”, le dice constantemente. Las hermanas confirman estas memorias y por lo menos tiene una angustia menos, en todo caso su mente aún no es caso perdido.

El aire se le atora con estos recuerdos. Llega entrecortado a la caja toráxica. Sale con lamentos.

Todo va a estar bien. Siempre se lo dicen y ella a veces se lo cree. La angustia a veces duerme, se queda sólo en los recuerdos, pero siempre está palpitando para salir los días menos esperados. El futuro es ese dios que ahora la maneja y en el que también quiere dejar de creer. Ya no sería atea sino algo más, algo cuyo nombre desconoce.

Voltea a ver a su hijo y piensa en que quizá  él no tenga los miedos a los pasos nocturnos, al titiritero omnipresente ni la sangre escurriendo por la espalda por los arañazos de un gato y que quizá eso haga que la infancia sea menos dolorosa.

Revisa también la tarea de sus alumnos, donde les pidió escribir una carta a sí mismos cuando eran pequeños. Todas dicen más o menos lo mismo: quiérete más, quiere a tus padres, todo estará bien. La infancia siempre duele, siempre angustia. La niñez es esa cicatriz por la que respiramos toda la vida.

El aire calma. Entra y sale del cuerpo recorriéndolo todo.

Le angustia pensar en todas las líneas temporales que se dividieron con cada decisión tomada, todas las vidas no vividas, todas las infancias posibles. Le aterra considerar que con cada teclazo, una decisión más ha desaparecido y el futuro ahora la oprime más de cerca. Le teme, por sobre todas las cosas, a escribir ciertos recuerdos en primera persona.

A veces se olvida de respirar por completo.

A veces escribe para poder respirar.

Aquí hay dragones

Mi solecito, desde muy pequeño, sintió curiosidad por el tatuaje que tengo al lado izquiero de mi pecho: “Hic Svnt Dracones”. Ahora, cuando le pregunto dónde está el corazón de mamá, inmediatamente busca sobre mi piel y posiciona la palma abierta de su mano sobre ese lugar.

“Aquí hay dragones” se utiliza para referirse a territorios inexplorados o peligrosos. En los mapas medievales, ponían serpientes marinas, leones u otras tantas criaturas, porque eso es aquello que no conocemos: el miedo perenne. La leyenda a la que me refiero en este texto, sin embargo, sólo aparece en el Globo de Hunt- Lenox, hecho en el siglo XVI. Así, todos esos seres qe habitan lo desonocido tomaron la forma de letras y se resumieron en seres mitológicos que echan fuego. Escribí esto sobre mi piel porque acepto lo desconocido como parte ineludible de nuestra humanidad y las zonas inexploradas son más grandes dentro de nuestro cuerpo que cualquier territorio en la Tierra: me encantaría que este hecho dejara de ser aterrador.

Pero mis dragones son grandes. Son los que alimentan mi ansiedad y depresión cada día. Me repiten que quizá el futuro será negro y que el pasado es la sombra de todas las equivocaciones que nunca me sacudiré. Son los dragones que me hacen notar cosas minúsculas alrededor, como que alguien antes daba “likes” a mis posts y ahora no, las personas que me ignoran activamente en grupos de whatsapp por algo que dije o hice. Me hacen cuestionar cada uno de los pasos recorridos y los que vienen. Esos dragones me inmovilizan.

Y es que el presente es el único estado del que podemos estar seguras -ya me salió lo Dalai Lama- pero es al mismo tiempo el resultado de los momentos ya vividos y en realidad, si sólo nos concentráramos en el ahora, habría poco lugar para tomar precausiones que, al menos en teoría, toda persona adulta debería tomar. Ahí esta de nuevo esa palabrota: adultez.

A pesar de mis treinta y tres años, existen días en los que me cuesta trabajo entender qué significa ser una adulta funcional. Otro dragón. Lucho por responder preguntas tan sencillas como “¿qué quieres ser cuándo seas grande?”. De pequeña, las réplicas eran sencillas: doctora, maestra, bombera. Ya en la adolescencia la cosa se va poniendo difíciles porque el monstruo de la adultez nos pisa los talones. Primero entré a estudiar derecho, luego diseño y terminé en lo que en realidad siempre me apasionó: las letras. Sí, una decisión atrevida que aún no sé su una adulta tomaría, sobre todo en un país como el nuestro. Aquí estoy hoy, en mi presente, todavía en el camino de las letras, pero sigue sin ser una ruta bien pavimentada. ¿Algún día lo es? Mis dragones hoy me recuerdan que elegí un camino difícil, en el que he tenido el privilegio de andar por contar on otros trabajos que también disfruto y que son más de “adulta”, pero que no son eso que yo quería ser cuando fuera grande.

Hay una canción de Amanda Palmer que me acompaña en estos momentos. Se titula In My Mind y habla de cómo vamos por la vida fugurándonos a esa persona en la que en algún día nos convertiremos sin detenernos a pensar si eso es realmente lo que seguimos deseando. La línea final canta algo así como I am exactly the person that I want to be. Amo ese remate, tan simple, incluso esperanzador. Lo repito a mí misma hasta el cansancio, pero mis dragones me dicen que no es cierto. Aún no soy esa persona.

Yo no inventé las crisis existenciales ni creo tener la exclusividad sobre ellas. Lo cierto es que nos han enseñado a tenerlas bien guardaditas. Muchos días, cuando camino por la ciudad, me pregunto cuántas de esas personas tendrán los mismos dragones dentro, cuántos oficinistas en realidad querrían estar haciendo arte, escribiendo, siendo futbolistas. Mi teoría es que la gran mayoría, de ser posible, serían una persona adulta diferente a la que son hoy en día.

Entre mis múltiples actividades también doy clases a adolescentes que están en el primer semestre de la universidad. A veces me veo en ellas, con todas esas ganas de callar al dragón que llevan dentro y a veces hasta lo logran. Me gustaría que no lo hicieran, porque creo que es efectivamente en esa edad cuando nos hacen creer que nuestra voz interna debe ser acallada por no tener valor, por ser una voz “inmadura”, “precoz”. No es secreto que la juventud en nuestro país es violentada constantemente. Si no lo han hecho, fíjense en los museos o incluso centros comerciales: siempre hay una mirada perforante detrás de las personas jóvenes -no vaya a ser que su dragón se salga de control.

Cuando pienso esto, le doy permiso a mis dragones de seguir gritando y muchos días me propongo a liberarlos por completo. Las quimeras de nuestra mente quizá no deberían ser motivo de ansiedad ni depresión porque quizá el pasado sí debe tener un lugar constante en nuestra mente, así como el futuro las infinitas posibilidades que alguna vez soñamos.

Propablemente algún día pueda responder con certeza qué es lo que quiero ser cuando sea grande: tal vez la respuesta siempre ha sido “un dragón”.

X

Hace unos meses aprendí que la resistencia Maori, en Nueva Zelanda, utiliza la X como estandarte porque así hicieron firmar a sus líderes, hace más de un siglo, tratados engañosos donde renunciaron a su tierra. Por esto, hicieron de la  equis una apropiación de la identidad borrada por la invasión inglesa: no puedo evitar relacionarla con la X que tanto molesta en el lenguaje inclusivo de nuestro idioma. 

La equis es la incógnita en la fórmula, marca el lugar del tesoro en los mapas, es el 10 romano, la limitante cuestionada de los genes XX.  Es un beso tecleado e infinitas cosas más. Y para nosotrxs es un lugar donde podemos posicionar identidades que no caben en el lenguaje binario. 

La equis multiplica, así lo hace con nuestras identidades que se niegan a ser lanzadas a la oscuridad. La equis enoja, da rabia, hasta ofende a quienes no se ponen en el lugar de la otredad, el lado opuesto de la fórmula. 

Entre burlas y rabietas, reniegan de la equis como si fuera su identidad la que queda anulada al usarla. Salen puristas de la lengua a aullar por su uso mientras cometen cientos de traspiés lingüísticos- la equis aquí, también es ironía. 

 La equis marca los lugares prohibidos: no pasar. Y con nuestra X lo que les decimos es que, en efecto, no pasarán. Su odio necio no impedirá que hagamos nuestra la lengua, que cuestionemos la normatividad, que nos posicionemos en el mapa. 

La lengua, las calles y la equis son nuestras.

X 

Soledad elegida

¿Estoy mal por sacar a personas de mi vida? No sé si sea una pregunta que las personas se hagan usualmente y quizá es mi mal hábito de pensar, pensar y pensar en absolutamente todo.

Si leen cualquier investigación sobre historia de la locura en mujeres, notarán que generalmente las excluidas somos nosotras, las locas, las feministas, la que levantamos la voz. ¿Será que decir yo te rechazo antes de que tú lo hagas es un mecanismo de defensa?

He sido abierta en cuanto a temas de salud mental y deseo seguir por ese camino. Hoy he pensado sobre la “soledad elegida” de quienes nos damos cuenta de que debemos priorizar las vivencias y personas cercanas que nos hacen bien. No sé si era igual de difícil antes de las redes sociales, pero hoy se siente casi imposible optar por esa soledad sana.

Las relaciones tóxicas son un tema tan común que a principio de año se convirtieron en un meme. Hay montones de artículos, hashtags, infografías y a veces pareciera que debemos recortar al noventa por ciento de nuestrxs conocidxs: en la época de burbujas ideológicas en la que vivimos, eso también parece peligroso.

Tlahuelilpan. Este fin de semana se agregó una tragedia más a la larga lista de horrores mexicanos. Y yo, desde mi burbuja, seguí teniendo contacto con personas que no tuvieron vergüenza al decir que extrañaban a Peña (sí, el de cientos miles de muertxs, el de las fosas, casa blanca, Atenco) y que incluso hicieron paralelismos con la Guardería ABC o Ayotzinapa. Vi la apropiación de un reclamo de justicia para la defensa del privilegio. Es entonces cuando me pregunto de qué sirve romper nuestra burbuja tratando de entender una otredad que jamás se ha preocupado por salir de su propio mundo pequeño y privilegiado. O incluso me pregunto si yo estoy incapacitada para comprender esos razonamientos, si hay algo en mí que está mal o que falta para poder comprender.

Hoy por hoy elijo una soledad que pocas personas están invitadas a compartir. Sí, tengo dudas –constantes– pero me parece que es necesario para poder sobrevivir, sanar todo lo que necesito y lidiar con la batalla diaria de la ansiedad y la depresión. Sé que allá afuera hay personas más fuertes que podrán dar la batalla que yo ya no puedo, que seguirán dialogando –o intentando, hasta topar con pared. Por lo menos, eso espero.

¿Me quieren contar sobre sus soledades elegidas para hacernos compañía en este barquito?

Silencio

Traigo un texto atravesado, que no escribiré hoy, pero que no deja de dar vueltas en mi cabeza. Es sobre la infancia, mi infancia, las personas con las que vamos coincidiendo en el camino y que nos destruyen o construyen –según sea el caso. Quizá no es hoy el día para escribirlo porque estoy muy ocupada con la tesis, quizá porque aún no se dejan ver las palabras correctas, quizá porque es algo que nunca podré sacar y se quedará como una ancla que me clavará al suelo el resto de mi vida.

Luego pienso que no es sólo el texto resbaladizo el que traigo atravezado sino un exceso de emociones que a veces cuesta trabajo controlar. Hoy recibí una terrible noticia,  a la que no estoy directamente relacionada– o sí, deberíamos estar todxs  relacionados con el sufrimiento de quien nos rodea– pero que me ha pesado en el pecho desde la mañana. Una bebé de dos años murió por negligencia médica y la rabia, tristeza e impotencia que vi en su tía, quien trabaja conmigo, quien es también mi amiga, es algo que no puedo sacudirme del cuerpo. Después de recibir la noticia nos abrazamos las dos llorando en la cocina, como imagino que muchas mujeres se abrazan en este país esperando a sus personas desaparecidas, como creo que miles se acompañan con los “daños colaterales” de esta guerra sin sentido.

Pensé todo el día en las madres y padres de la Guardería ABC, que llevan diez años en este abrazo y a quienes hemos abandondado. Recordé las fotos liberadas por la PGR donde expusieron ropa encontrada en las fosas para que los familiares pudieran reconocer algo, lo que fuera, y que dentro de esas imágenes también había ropa de bebés. Llevo todo el día reflexionando en cómo la infancia en este país es precaria, ignorada, maltratada y que lo que  la mayoría de esos niños y niñas tienen por delante es una juventud perseguida por ser incómoda, por no poderse callar, por darse el permiso de sentir.

Hoy, con el texto atorado de mi propia niñez, pienso en todas aquellas infancias que no fueron y que no serán. Las vidas que pasan desapercibidas por su brevedad, porque seguimos pensando que los bebés no sienten dolor, creemos lxs niñxs manipulan, exageran y sólo hablan de cosas aburridas y estamos segurxs de que las personas adolescentes no tienen nada de relevancia que aportar –cuando es todo lo contrario.

Cuando escriba ese texto que traigo encajado, comenzaré redactando algo así como “me hubiera gustado recordar mi infancia con una sonrisa”. Luego borraré la frase porque a pesar de ser cierta, suena de lo más ridícula. Entonces quizá teclearé algo más profundo, una sensación que llegue desde la entraña que en este momento es impronunciable, pero que espero que algún día pueda yo escribir y ustedes leer.

Hoy, dejo sólo este texto por aquí. Pensando en la familia de Alondra y en lo fría que se debe sentir esta noche, la rabia que sentirán cuando salga el sol mañana y la justicia no haya llegado –porque no hay justicia que alcance para una pérdida tan grande. Me quedaré aquí esperando a poder dar otro abrazo fuerte a Marlen y asegurarle que el tiempo hará que el dolor sea menos. Tal vez sea una mentira y tal vez ella lo sepa, así que quizá el silencio sea lo único que alcance.

Supongo que por eso mi texto no se deja ver, porque por el momento, esas vivencias y emociones sólo caben en el silencio.

 

 

Apología del enojo

“Oh God! what could I do? I foamed –I raved –I swore! I swung the chair upon which I had been sitting, and grated it upon the boards, but the noise arose over all and continually increased. It grew louder –louder –louder”- The Tell-Tale Heart  – Edgar Allan Poe

El enojo es mal visto. Siempre debemos guardar la compostura ante las adversidades y las cosas grandes o pequeñas que nos suceden. Incluso  la infancia es condenada por ese sentimiento: el berrinche del súper, los primeros arranques cuando avientan cosas por no saber expresarse diferente. Desde ese momento el enojo se castiga con miradas ajenas que juzgan o madres y padres que siguen creyendo en el castigo corporal. 

Las multiples manifestaciones y marchas de nuestra ciudad son sentenciadas cuando se deja ver la cólera: “hay que pedir las cosas de otra manera”. Les piden, por ejemplo, a quienes claman justicia por Ayotzinapa, que lo hagan sin enojo. A la feministas nos llaman feminazis cuando la rabia se nos escapa, por más mínima que sea. 

Últimamente está mal mostrar disgusto ante posturas que –desde mi particular punto de vista- lo merecen. “Es mejor tratar de entender el otro lado y si nos enojamos, perdemos”. ¿Cómo hacerle? ¿Cómo no enfurecerse ante comentarios clasistas, racistas, misóginos? ¿Cómo no salir perdiendo porque nuestro cuestionamiento  exasperado –con justa razón– es mal visto?

Veo nuestra realidad y lo que prevalece es el enojo, pero debe ser velado, siempre tiene que ser una emoción que pertenezca a la otredad porque es considerado una falta de carácter. Es decir,  vivimos en medio de la ira contenida, como una olla de presión a punto de explotar pausada en el tiempo.

Hablar y reconocer esta emoción me parece fundamental para la salud mental, por lo que hoy me daré permiso de estar enojada. Le daré a esa emoción su justo valor y me niego a sentirme avergonzada por ello.

Yo confieso que me desesperan — a veces hasta el enojo– las personas que insisten en que todo lo debemos ver positivo, que la vida es un eterno color rosa, las que sólo son capaces de compartir cosas felices (como si fueran un personaje plano de una mala novela).  Sí, la alegría es parte de nuestro repertorio emocional, pero francamente, el júbilo eterno también debería ser reconocido como un trastorno. (¿Será la manía? Espero que alguien con conocimiento me ilustre).

Estoy enfurecida con tantas personas que siguen viviendo en un país alterno que la mayoría desconocemos. Estoy encabronada porque a las mujeres nos siguen matando, violando, pisando nuestros derechos y no veo el hastío social que sí se manifiesta cuando falta la gasolina (sí es un problema, es molesto, pero sus prioridades me enferman). 

Siento una cólera enardecida cada vez que pienso que Calderón y Peña deberían estar en la cárcel, sobre todo cuando veo los tuits cínicos del primero. Aún más rabia me da saber que nada les pasará, que sus crímenes seguirán impunes. Y ni hablar de cuando veo que hay quienes los admiran y ¡hasta extrañan! 

Hoy me niego a disculparme por estar enojada con aquellas personas que me abandonaron cuando más las necesitaba, con las que pensé que contaba –aunque agradezco que su hueco fue llenado por quienes menos esperaba.

Me niego a sofocar, aunque sea por hoy, esa sensación que tratamos de enterrar como si no siguiera ahí latiendo como en cuento de Allan Poe.

Hoy me doy permiso de estar enojada antes de que esa emoción me carcoma por tenerla encarcelada. ¿Ustedes no la sienten ahí, como un parásito que rasca su salida con dientes afilados  desde dentro?  Yo sí, cuando la trato de ahogar, cuando le voy echando tierra de a poco como Antígona a su hermano. 

Hoy reconozco y hago honor a mi enojo, justo para que mañana no se convierta en ira. Lo saco del fondo de los tablones escondidos de la casa que habita mi mente para dejar de escuchar su latido perpetuo. 

¿Ustedes? 

Humo negro

Seguiré compartiendo lo que es vivir con ansiedad y depresión porque me parece importante, aunque sé que puede ser incómodo, incluso preocupante para algunas personas, por lo que antes de comenzar este post, me gustaría decirles que estoy bien, que estoy medicada y que mi día a día es sólo la realidad que miles callan. Lo que escribo es porque creo firmemente que es necesario un contrapeso en las redes sociales, donde la “curaduría” de las vidas que se comparten crea una ficción inalcanzable que puede hacer mucho daño. Lo hago porque aunque me cuesta trabajo desnudar pensamientos tan íntimos, me parece que hace falta honestidad en estos medios (y en el mundo). 

Hoy estoy cansada. Las fiestas decembrinas son un verdadero reto para personas con ansiedad y depresión y de entrada abrazo a todas aquellas que sobrevivieron este mes. 

Hoy estoy cansada. Platicando con Adán, le dije que toda la vida he sentido que no hago nada. Mi percepción de mí es de alguien floja que podría estar sentada todo el día viendo tele o leyendo un libro, alguien que nunca está haciendo realmente nada. Lo siento a pesar de en este momento estar terminando un doctorado, tener dos trabajos más, administrar una página feminista -emocionalmente agotadora- y un toddler en casa. Lo sentí al terminar la licenciatura, mientras hacía tesis, servicio social, trabajaba y aprendía portugués. Lo sentí toda la maestría mientras también tenía un trabajo y entrenaba para maratones. Lo sentía de niña, de adolescente. Es un fantasma que me persigue por la vida. Parece que haga lo que haga nunca será suficiente y eso a veces me aterra. 

Me abruma pensar que no soy una buena amiga, una buena persona, hermana, hija, esposa, madre, que  nunca seré suficiente. Estos pensamientos invasivos también son parte del TOC y una aprende a vivir con ellos, a calmarlos un poco e incluso a ignorarlos de vez en cuando.

Hoy estoy cansada y una fantasía que me persigue cuando me siento así es que algo, lo que sea, me ponga en un estado de coma un par de semanas, incluso meses, para poder “descansar” sin culpa, sin ese sentimiento de tener que estar haciendo algo constantemente, de ser productiva: escapar del humo negro de la insuficiencia.   

Y ahí está la palabra clave: productividad. A veces pareciera que es todo lo que debemos ser para este mundo. Es como un humo negro que todxs respiramos sin poderlo evitar. Sé que parte de la salud mental se ve afectada justo por esa visión trastocada que nos invade aunque luchemos contra ella, ¿pero cómo escapamos de un sistema que lo devora todo? ¿Cómo nos alejamos de ese humo sin límites?

Hoy estoy cansada y espero que mañana sea un día diferente y que ese humo quede exiliado de la mente –la mía y la de todas las personas que lo sientan– hasta desaparecer.